El viaje. Una aventura narrativa

Terelato

Relato escrito por Miguel Babiano Tenorio.

Ilustración de cabecera realizada por Lucía Gallego.

 

Relato finalista en el concurso TeRelato que se realizó en nuestras redes sociales

El videojuego empezaba en un pozo oscuro, con un repentino cuadro de texto:

«Estoy sola. No sé por qué, ni desde cuándo. Al principio no entendía qué me pasaba y un poco después dejó de importarme. Me gustaba estar triste y lo convertí en mi vida. Pero estoy cansada. Me apetece sentir algo. Quiero salir de aquí. Y quizá tú, quienquiera que esté leyendo esto, puedas ayudarme.»

El cuadro de texto desapareció. Intuí que llegaba mi momento y puse los pulgares sobre los joysticks.
Chop, chop, chop.
La protagonista caminaba sobre charcos de agua y barro. En la pantalla no se veía nada.
Pulsé «A».
¡Chop!
Aprendí a saltar. Mantuve el joystick hacia la derecha. El chapoteo se perpetuó en el vacío. Unos segundos más tarde clareó la oscuridad. Un gris tenue entraba por la parte superior de la pantalla, en la esquina derecha. Había un muro que me impedía avanzar de forma horizontal, así que salté.
Tap. Tap, tap, tap.
La protagonista se encaramó a la pared y escaló. Al llegar al extremo superior, entró una pantalla de carga oscura con un corazoncito blanco en un pixel art en la esquina inferior izquierda. Aludir al jugador me parecía interesante, pero lo demás era básico; diseño lineal, 2D y un pixel art del que abusaban la mayoría de juegos indies sin presupuesto.
Aunque la protagonista captó mi atención. De alguna forma, me recordó a mí. A veces me sentía un poco sola. Me gané mi puesto como periodista de videojuegos y pasaba horas muertas a solas, jugando. Aunque me encantaban los videojuegos.
Tap, tap, tap… Chaf.
La pantalla se iluminó y la protagonista saltó del pozo a una tupida alfombra de césped.

«Mi nombre es Edith. Confío en que juntas podamos acabar este viaje a través de la
confianza y la sinceridad. Pero antes…

¿Por qué estás TÚ aquí?»

Aquella pregunta se mantuvo en pantalla durante diez segundos, en un espeso silencio.
Me quedé colgada, repasando el diálogo. ¿Por qué estaba yo allí? Porque era mi trabajo, ¿no?
Chaf, chaf, chaf.

Moví a Edith hacia la derecha, aplastando el césped a sus pies. El fondo era de un azul eléctrico plano, rematado con unas nubes blancas y grises. Estaba en un prado, sin mucho detalle. Salté y me subí a una plataforma flotante de piedra para conseguir un ítem.
¡Clinc!

“¡Obtienes ‘MONEDA’!”
«Esto es dinero. Compras cosas que, aunque solo ocupen un espacio físico, de alguna forma te llenan. Yo disfrutaba comprando. Gastando y tirando dinero. Pero antes de eso me encantaba pasear. La fotografía me volvía loca. Pero perdí las ganas de caminar y salir con la cámara. Ya no me hacía feliz.

¿Tienes algún HOBBY?»

De nuevo, la pregunta prevaleció durante unos segundos. Al desaparecer, me quedé ensimismada, mirando la pantalla. ¿Tenía algún hobby? Por supuesto. Los videojuegos.
Al convertirse en mi trabajo y fuente de ingresos llevaba mucho tiempo sin jugar por afición. Pero daba igual, los videojuegos eran mi pasión desde niña.
¡Chaf! Chaf, chaf… Tap, tap, tap.
Bajé de la plataforma y descendí por unas escaleras. Llevaban a una cueva iluminada por antorchas. Al fondo, tras una reja, flotaba un ítem. Interactué con el obstáculo, a ver qué pasaba.

«¿Qué objeto utilizas?
>’MONEDA’
>Salir»

Pulsé la moneda.

«No tiene efecto.»

Di media vuelta. Tenía que buscar una llave. Subí por la escalera y continué hacia la derecha. Tras un rato, llegué ante una casa aislada en medio del escenario. La puerta estaba entreabierta. Entré, dando paso a una nueva pantalla de carga oscura. La negrura se espesó a mi alrededor, hundiéndome en mis impresiones.
El juego era aburrido, un intento de aventura gráfica con plataformas. Quizá alguna dinámica relacionada con los puzzles y un apartado artístico más cuidado pulirían esas aristas. Algo tipo ‘Limbo’.
Kriiiik…

El interior era marrón oscuro, aclarándose hacia el centro de la estancia, donde un perro yacía en un charco de sangre. Por el movimiento de los píxeles, respiraba. Interaccioné con él.

«¿Qué objeto utilizas?
>MONEDA
>Salir»

Ni lo intenté. Continué hacia la derecha, buscando algún ítem útil. En la pared del fondo colgaba un botiquín. Interactué con él.

«¡Obtienes ‘MEDICINA Y VENDAJE’!»

Demasiado fácil. Mientras Edith se aproximaba al perro, la velocidad de desplazamiento disminuyó.

«El perro ya estaba muerto, aunque respirase. Le acababan de atropellar y yo era una adolescente. El animal gemía angustiado mientras su cuerpo convulsionaba. No me moví de la acera. Guardé silencio, creyéndome inútil. No busqué ayuda. Le abandoné desangrándose en el asfalto. Para mí, ya estaba muerto.
Pero ahora es distinto. No soy una niña, no tengo miedo y sé que PUEDO ayudar.”

El perro moriría. Estaba claro. Los desarrolladores buscaban un efecto emocional fácil.
Una vía rápida para enganchar al jugador. Fruncí el ceño.

«¿Qué objeto utilizas?
>MONEDA
>MEDICINA Y VENDAJE
>Salir»

Elegí la obvia.

«…»

El perro relajó la respiración. Tras unos instantes, se levantó despacio. Edith se mantuvo a su lado, hasta que el animal, de pelaje blanco con manchas marrones, se apoyó en el pecho de la chica y le dio un lametazo en la cara, mientras movía el rabo con alegría.

«Arrepentirse no merece la pena. Lo aprendí la semana siguiente al atropello, cuando no dejé de culparme, de odiarme y de estar tan triste que no me apetecía hacer nada. Me llevó a preguntarme si los chicos del instituto tenían razón.
¿Tú te arrepientes de algo?
>SÍ
>NO»

Dejé pasar el tiempo, pero la pregunta no desaparecía. ¿Me arrepentía yo de algo? No.
Empezaba a molestarme la cantidad de dudas y trabas del juego. No me arrepentía de nada.

«Vale. Genial.»

Edith se levantó.

«¡Obtienes ‘BOBBY’!»

Al mover el joystick y saltar, Bobby seguía cualquier movimiento de Edith. Era un buen detalle. Pero tocaba salir y buscar otro camino. Al acercarme a la puerta, ambos se
detuvieron.
¡Plom!
Me dirigí al final del cuarto. El botiquín estaba tirado y había un hueco en la pared.
Interactué y saltó otra pantalla de carga.
Las impresiones no eran demasiado positivas. No había trama, era muy pausado. Miré el móvil. Llevaba una hora jugando. Según la distribuidora, el juego duraba unos ciento veinte minutos. Quedaba la mitad, más o menos. Las continuas preguntas, el ritmo, la escasez de mecánicas… No era mi tipo de videojuego.
Chaf, chaf, chaf.
Se abrió ante mí el mismo prado de antes, aunque con algún detalle adicional como árboles y rocas al fondo. Continué hasta la derecha, topándose con un grupo de personajes reunidos en un corro.

«Parece que cuchichean.»

Uno de los personajes alzó la cabeza y cruzó la mirada con Edith. Al hacerlo, el grupo salió de escena. Alcé una ceja. Continué hacia delante y llegué hasta un pueblo. Las viviendas, los comercios y los personajes aparecieron en pantalla. Edith saltaba y se movía libremente, pero no podía interactuar con nadie. Al hacerlo, los NPCs se giraban, no decían nada y volvían a sus tareas. ¿Tenían algo en contra de Edith? Al continuar hacia la derecha, en el fondo estaban varios de los personajes que habían hecho corrillo, apoyados en una mesa en la terraza de un bar. Bebían cerveza. Uno de los personajes estalló en carcajadas al pasar Edith. El juego no me dejaba interaccionar con él. Estaba parada, mirándolos, justo cuando sus compañeros de mesa empezaron a reírse también.
¿Por qué se reían de Edith? Supuse que me lo explicarían luego. Se trataría de algo relacionado con bullying. Llegué al final del pueblo, donde había una forja. Era un edificio bajo en cuya entrada descansaba un yunque y un herrero golpeando el metal con un gran martillo.

«¡Edith! ¡Cuánto tiempo! Dime, ¿qué necesitas?”
>COMPRAR
>HABLAR
>Salir»

Quería agotar las líneas de diálogo.

«¿Qué te parece la gente de Greenville?
>Bien, molan
>…»

Elegí la segunda opción.

«¿Qué ha pasado?
>Estaban cuchicheando sobre mí
>Nada»

La primera opción.

«¿Sí? ¿Qué dijeron?
>No lo escuché
>No importa»

La primera, de nuevo.

«Bueno, ¿y cómo sabes que hablaban de ti?
>…
>Estoy segura, esas cosas se notan»

La segunda.

«Jajajaja. Vamos. Ya sabes cómo son. Gente de pueblo. Curiosa y molesta. Réstale
importancia, Edith.»

Agoté el diálogo. No entendí a dónde quería llegar aquella conversación ni porqué el
herrero negaba un hecho que acababa de ocurrir. Quizá tuviera una explicación más
adelante. Interactué de nuevo con el herrero y esa vez quise ver la opción de ‘Comprar’.

«>LLAVE
>Salir»

Pulsé sobre la primera opción.

«¿Seguro que quieres ‘LLAVE’?
>Sí
>No»

Confirmé.

«¡Cambias ‘MONEDA’ por ‘LLAVE’!»

Genial. A por la reja. Di media vuelta y recorrí el pueblo hasta la casa. Mientras, Edith hablaba.

«La vida en Greenville nunca fue sencilla. En el instituto creía que cualquier risa, cuchicheo o mirada eran por mí. Me afectaba demasiado. Los chicos populares se lo pasaban genial ridiculizándome. Y más cuando supieron que lo pasaba tan mal. Aparecieron pintadas genéricas en los baños de chicas, así como: ‘Puta’, ‘cerda de mierda’ o ‘niñata chupapollas’.
Pensé que iban por mí, a pesar de ser virgen. Sobredimensioné algunas cosas y me costó mucho ponerlo en perspectiva, pero con tiempo,…
Entendí que me equivoqué. Y, por supuesto, no era culpa mía.»

Aquella frase quedó olvidada en medio de su cuadro de texto durante unos segundos. El instituto fue una de las etapas más traumáticas que atravesé y aquellos pensamientos de Edith me hicieron empatizar con ella. Entendí lo que decía porque mi situación fue similar, pero yo no estaba equivocada. Incluso en la universidad o en la redacción, notaba esos comentarios y esos cuchicheos.
Antes de darme cuenta, ya estaba de vuelta en el prado principal tras atravesar la casa de nuevo y la pantalla de carga. Alcancé la escalera descendente y me acerqué a la reja.

«¿Qué objeto utilizas?
>LLAVE
>Salir»

Utilicé la única opción posible.

«¡Utilizas ‘LLAVE’!»
Kliiiiiing…

La reja metálica se abrió y ante Edith flotaba una fotografía. Al recogerla, la protagonista la sostuvo en sus manos.

“¡Obtienes ‘FOTO’!”
«Ante mí tengo la última fotografía que hice. La que contiene toda la carga sentimental del detonante de mi depresión. Este ha sido un viaje de pasado, presente y futuro que completaremos juntas. Pero antes, cierra los ojos y busca en tu memoria.
¿Cuál fue tu DETONANTE?»

El cuadro de diálogo no desaparecía. Entendí la metáfora, el viaje, los síntomas y pasos que desarrollan y mantienen una depresión como la de Edith, pero, ¿yo? No padecía depresión. Me costó mucho atravesar ciertas partes de mi vida, mi trabajo era exigente,
pero gratificante. Estaba sola, en la oficina durante una noche de sábado jugando a un videojuego cuya crítica tenía que entregar el lunes a primera hora, pero llegué ahí a base de elecciones personales. Era feliz. Estaba casi segura.
Por fin, el juego me dejó pasar al siguiente diálogo.

«Mi detonante fue el día en que mis padres se separaron. Tenía doce años y mi mundo se rompió en miles de pedazos porque no se separaban en buenas formas. Mi madre y yo vivimos un par de días en la calle. En el instituto se enteraron y no tardaron en hacer bromas. Pensé que era culpa mía. Dejé las fotos, no tenía amigos y mi madre pasaba días enteros fuera de casa. Me refugié en el pozo. Y hasta que llegaste tú no entendí que no podía estar más tiempo sola. No merecía la pena. Necesitaba charlar con alguien, volver a ver la luz del sol, retomar las fotografías y hablar con mi madre. Tenía que volver a ser yo.
Así que, al final, creo que esta historia por fin ha terminado. Todo gracias a ti.»

La pantalla se fundió a negro y me quedé a oscuras en la redacción. Los créditos se sucedían ante mi mirada perdida. La cabeza me daba vueltas. Quizá Edith tenía razón.
Cogí el teléfono y miré la hora. Las 23:42. Era tarde. Pero estaba a tiempo.
-Hola, Lucía… Jajaja, sí, hace años,… ¿Te apetece que vayamos a tomar algo? Necesito hablar
con alguien.

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