El misterioso caso de los animales y las risas

La lluvia caía en el barrio de Vallecas. Eran las dos de la mañana cuando por fin todo quedó resuelto y mi mente pudo descansar. O eso pensaba yo. Me serví una taza de leche caliente con miel porque no me gusta el whiskey y me comí una palmerita porque a nadie le entra en la cabeza fumar mientras bebes leche caliente con miel. Encendí la televisión y allí estaban de nuevo. No me podía librar de ellos. Los malditos Sony y Marty… Parecía que todo había acabado, pero algo dentro de mí sabía que no.

No quería reconocerlo, pero ese condenado caso había hecho mella en mi ser. Solté un gruñido y pegué un puñetazo en la mesa. Gotas de leche se derramaron por todas partes. Una cayó sobre mi mano, quemándola. Solté la palmerita, que fue a parar al suelo, desmigándose en mil trozos. Pero ni el dolor ni la pérdida de hojaldre me preocupaban tanto como la duda que rondaba incesantemente mi interior: ¿Por qué me había gustado tanto una visual novel protagonizada por dos pollos policías?

 

Como podéis imaginar nada de esto pasó así porque, para empezar, sí me gusta el whiskey. Pero si como introducción al artículo os ha gustado, os recomiendo que le deis una oportunidad a Chicken Police – Paint It Red! (The Wild Gentlemen, 2020). Este título que encontré por pura casualidad demuestra cómo, a través de la búsqueda de formas poco exploradas, se puede innovar a la hora de contar historias incluso con un género de videojuego tan simple en lo que a jugabilidad se refiere como las visual novels. Y la manera que tiene la propuesta de realizar esta búsqueda es hacer un homenaje al cine noir de la época dorada de Hollywood… Un homenaje bastante particular.

En la pieza te adentras en las plumas de Sonny Featherland, un policía retirado y solitario al que, una noche, una desconocida le solicita sus servicios como detective para resolver lo que parece un pequeño problema. Sonny va a pedirle a su antiguo compañero, Marty MacChicken, que colabore con él. Durante una época, Sonny y Marty fueron un dúo de investigadores muy conocido sobre cuyas aventuras se escribían incluso novelas ligeras, pero, tras un incidente, llevan tiempo sin hablar. La cuestión es que, como es de esperar, Marty acepta y se meten en un lío tremendo en el que aparecen de por medio femme-fatales, periodistas, políticos, mafiosos, clínicas clandestinas, hospitales psiquiátricos, tiroteos, barcos en llamas y habitaciones secretas. Un jueves tranquilito para Humphrey Boggart, vamos.

 

Es lógico preguntarse dónde reside entonces la novedad y para eso estamos aquí hoy. Aunque el uso de la música, una vez más, es muy similar al que de las películas ya mencionadas y el apartado visual está realizado mediante la superposición y retoque de fotografías fijas que trasladan a la atmósfera de estas cintas, hay algo inconfundible en la estética de la pieza: los personajes son humanos con cabeza de animal. Y esto no provoca (como sí lo hacía la versión de Cats de 2019) pesadillas a le más valiente durante semanas, sino que genera un universo propio fascinante que le da unidad a la pieza.

 

Captura de pantalla realizada por le autore

A pesar de que la trama principal en líneas generales no variaría demasiado, las normas que rigen la ciudad y la forma de comportarse de sus habitantes no tendrían sentido si no se desarrollasen en este mundo tan particular. No es lo mismo ser una de las aves de tierras prósperas que un felino procedente de un reino en guerra o un insecto de las zonas más pobres de la ciudad. A través de esta alegoría, se construye todo el entramado social, político y económico del lugar donde transcurre la acción.

 

Además, esto se relaciona con la otra cuestión que hace que la obra tenga una personalidad única: su sentido del humor. Es muy difícil tomarse en serio un videojuego en el que controlas a un pollo policía en blanco y negro y el equipo de The Wild Gentlemen lo tenía muy claro. Por eso, como una buena parodia, toma todos los elementos clásicos del género noir y los transforma para que resulten cómicos. Saben que conoces perfectamente a los personajes con escasa complejidad psicológica que te muestran, saben que te han hecho liarte a tiros en tres persecuciones distintas, saben que cuando todavía te queda una hora de juego ya vas a haber deducido todo lo que ocurre…

 

Captura de pantalla realizada por le autore

Y se ríen de ello. De ello y de la jugabilidad básica que tanta gente, probablemente no teniendo muy claro a lo que iba, ha criticado de las visual novels. Lo hacen, además, con mucho cariño y con un profundo respeto hacia lo que caricaturizan. El equipo que ha desarrollado el juego ha visto en unas cuantas ocasiones El halcón maltés (John Huston, 1941) o La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944), ha presionado más veces de las que pueda imaginar la A de su Nintendo DS durante los diálogos de la saga Ace Attorney (CapCom, 2001-2022) y te está diciendo: “Sí, sabemos que no es tu primera vez por aquí, pero la nuestra tampoco, así que prepárate”.

Hay muchísimas formas de llegar a algo nuevo a través del videojuego y todas ellas pueden ser válidas. Chicken Police – Paint It Red! opta por hacerlo a través de la subversión, lo cual, si me preguntáis a mí, siempre es un buen punto de partida. Cuando parece que una fórmula ya está explotada hasta la saciedad, es normal y lícito mofarse de ella, pero es más interesante hacerlo demostrando que tu burla le aporta algo y que conoces lo que criticas hasta tal punto que puedes darle la vuelta.

 

En este momento, mientras escribo mis últimas palabras (para este artículo), llega mi hora; la hora de comer, concretamente, y me planteo si todos mis esfuerzos habrán sido en vano. He estrujado mis oxidados sesos para encontrar una forma de llevarle al mundo pruebas de que siempre, incluso cuando no lo parece, hay algún desgraciado con algo nuevo que contar. Por ello, no puedo evitar que mi cabeza dé vueltas una vez más y acabe realizándose una pregunta final que me atormentará para siempre: ¿habré logrado que alguien juegue a la visual novel de los pollos policías?

 

Clau Domínguez

Cuando tenía tres años, a mis padres les tocó una Sega Megadrive en una caja de cereales y me obsesioné con Sonic el erizo. Muchas horas de PlayStation, Wii y PC me llevaron hasta el maravilloso mundo de los títulos indie y ahora estoy escribiendo mi primer guion de videojuego. Ah, y me gustan las ranas.

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