Imagen de cabecera realizada por Aran Martínez.
Me encantan los juegos de construcción de mazos. Slay the Spire (Mega Crit, 2019), Balatro (LocalThunk, 2024), Inscryption (Daniel Mullins Games, 2021) entre otros. Podría pasarme horas hablando de sinergias, de combos imposibles y de esa sensación de poder cuando todo encaja. Ese momento en el que robas la carta exacta que necesitas y el tablero explota a tu favor es adictivo. Es pura magia. Es control. Es construir algo tuyo, pieza a pieza, decisión a decisión.
Por eso, cuando jugué la demo de Burn With Me (Nozomu Games, 2026), me descolocó. Porque aquí la mecánica principal no es construir. Es sacrificar.

Descubrí este juego gracias a un TikTok que me encontré scrolleando con el cerebro medio muerto y que he perdido. De esos que ves una vez, te enamoran, y luego no encuentras ni rebuscando en el historial. Corría febrero de 2026 y, por suerte, tuve la lucidez de añadirlo a mi lista de deseados de Steam en ese mismo momento. Algo me dijo: <<Iris, esto es para ti>>. Y lo era.
Burn With Me es un deckbuilder donde debes armar una baraja para superar ciertas invocaciones. Hasta ahí, todo normal. Pero tiene una particularidad que lo cambia todo: las cartas que usas para invocar no desaparecen, así que tu mazo no para de crecer. Invocas, tu mazo se hace más grande. Invocas otra vez, más grande aún. Pero tu mano es limitada. Y aquí llega la puñalada: robar te quemará para siempre una carta. No hablo de descartar. No hablo de reducir tu mazo para optimizar combos, como haces en Slay the Spire cuando eliminas una carta básica para que tu motor funcione más limpio, o como haces en Balatro cuando descartas una escalera de color para hacerla subir de nivel. Eso es estrategia. Eso es control. En Burn With Me no estás optimizando: estás pagando un peaje. Y duele. Cada carta que entregas es una renuncia. Una pieza que ya no volverá. Un <<te quedas sin esto para siempre>> que el juego te susurra mientras tú intentas justificarlo: <<Bueno, total, esta carta no era tan buena>>, <<Seguro que luego encuentro otra mejor>>. Mentiras que nos contamos para sobrellevar la pérdida.
Pero lo que me enganchó de verdad fue darme cuenta de cómo interactúan unas cartas con otras, el espacio que ocupan en la mano y cómo aprovechar la mecánica de quemar al robar para mantener el mazo controlado. Cuando ese sistema te hace clic en la cabeza, todo fluye. Es profundamente satisfactorio.
El caso es que Burn With Me me fascinó. Y también me incomodó. Porque, mientras veía arder una de mis mejores cartas para poder seguir avanzando, pensé: <<Esto ya lo hago fuera de aquí. Todos los días. Sin querer. Y no me divierte tanto>>.

Fuera de la pantalla, el sistema lleva años jugando con nosotras al mismo deckbuilder macabro. Solo que aquí las cartas no tienen dibujitos ni Rarezas Épicas. Aquí las cartas se llaman Alquiler, Factura de la Luz, Horas de Trabajo, Salud Mental, Tiempo de Desplazamiento, Ansiedad. Y las vamos quemando una a una, todos los meses, todos los días, sin que nos pregunten si queremos conservar alguna.
El alquiler nos quema el sueldo antes de que llegue a fin de mes. El trabajo nos quema las horas de luz y la energía. Las obligaciones nos queman las ganas de leer, de escribir, de ir al cine. Y cuando por fin llegamos al viernes, cuando por fin nos sentamos delante del ordenador con un ratito para nosotras, resulta que estamos tan vacías que a veces ni siquiera encendemos la pantalla. Nos quedamos mirando el techo, scrolleando en redes, quemando también ese tiempo. Porque descansar también cuesta. Porque hasta el ocio se ha convertido en una casilla del Excel mental que no para de crecer, como el mazo de Burn With Me.
En otros deckbuilders, como Slay the Spire o Balatro, tú decides cuándo y cómo reducir tu mazo. Es una estrategia. Es un movimiento de poder. En la vida real, no. En la vida real el sistema te obliga a quemar cartas constantemente y tú solo puedes elegir cuál arde antes. ¿El café con esa amiga a la que hace meses que no ves? Quemado. ¿La revisión médica que tenías pendiente? Quemada. ¿Esa tarde de sofá y manta sin remordimientos? Quemada. ¿El libro que lleva tres semanas en la mesilla con el marcapáginas en la página doce? Quemado, quemado, quemado.
Y lo peor no es quemarlas. Lo peor es la naturalidad con la que lo hacemos. Lo interiorizado que tenemos que hay que sacrificar partes de nosotras para seguir avanzando. Que la vida es así. Que toca apretar. Que ya descansaremos cuando estemos muertas.

Pero nosotras no queremos esperar a estar muertas para descansar.
En Burn With Me, cuando el mazo crece y robar te quema una carta, no se acaba la partida. Aprendes, te adaptas, encuentras otra combinación. Descubres que una pérdida no es el final, sino una nueva configuración de posibilidades. Que siempre hay una carta escondida que no sabías que tenías, una sinergia que te salva en el último momento, un clic mental que te hace gritar: <<¡Aquí estoy yo!>>. Pues en la vida real igual. Porque jugar también es resistir. Leer un libro, ir al cine, quedarnos en el sofá con la manta, encender el ordenador y perdernos en un deckbuilder durante dos horas no es perder el tiempo: es recuperarlo. Es quemar la carta correcta. Es decirle al sistema: <<Esta parte de mí no me la robas, esta es para mí, esta arde porque yo lo decido>>.
No nos van a convencer de que el sacrificio constante es inevitable. No vamos a aceptar que la única forma de avanzar sea quedarnos vacías. Nosotras quemamos cartas, sí, pero decidimos cuáles. Y cuando toque pasarse la pantalla —esa pantalla que tanto nos ha costado—, allí estaremos. Con la baraja desordenada, con las cartas chamuscadas, pero enteras en lo que importa. Porque el sistema no cuenta con nuestra terquedad. No cuenta con nuestras ganas de seguir jugando. No cuenta con que nos tenemos las unas a las otras. Y nosotras, simplemente, no nos rendimos. Pasaremos la pantalla. Juntas. Como en Burn With Me.
Podéis jugar la demo de Burn With Me en Steam y resistir junto a nosotras:


