Laika, el astronauta

Ilustración sobre el videojuego Laika, en el que se ve al protagonista (con cola de perro) en el centro. Alrededor se ven como fragmentos de cristales de diferentes colores, y en algunos de ellos aparecen personajes que tienen que ver con la historia del videojuego.

Ilustración de cabecera realizada por Belén Casas.

 

Atención: todo el texto contiene spoilers sobre la trama de Planet Laika. Asimismo, trata contenido delicado como abuso sexual infantil, maltrato o suicidio.

El 3 de noviembre de 1957 la perrita Laika fue lanzada al espacio a bordo del Sputnik 2 en una misión histórica que la convertiría en el primer ser vivo en orbitar la Tierra. El mismo día del hito también fue el día de su muerte. Las personas que la recogieron de las calles por las que deambulaba sin hogar e introdujeron en la cápsula sabían que jamás regresaría a la calidez del planeta que la vio nacer: el viaje era solo de ida. El Dr. Vladimir Yazdovski, director del programa, escribió tiempo después que «Laika era tranquila y encantadora» y que intentaron tratarla lo mejor posible; al fin y al cabo, sabían que le quedaba poco tiempo de vida.

Porque ¿qué son los perros callejeros sino despojos cuya ausencia nadie lamentará? Ensucian las calles, esparcen enfermedades y dañan la estética de las ciudades. Su propia existencia pone en manifiesto el desprecio al que se ven sometidos: abandonados a la intemperie, sin dueño pero sin poder entregarse a la naturaleza, viviendo eternamente en ese incómodo estado en el que coexisten el repudio y la dependencia hacia la sociedad humana. En el videojuego Planet Laika (Quintet, Zeque, Enix Corporation, 1999), ubicado en un futuro donde los humanos poseen características anatómicas perrunas, los primeros colonos de Marte también fueron aquellas personas a las que ningún ser humano echará de menos: los parias y los criminales, que se marcharon al espacio para no volver jamás, con sus hocicos húmedos y con el rabo entre las piernas.

Los perros que se marchan para siempre a Marte lo hacen por un motivo. Laika, el apodo cariñoso que se da al protagonista del videojuego, acude junto al resto de la tripulación con una misión muy clara. Esta consiste en investigar los rumores sobre monstruos en el planeta que puedan afectar a los planes de terraformación y encontrar al capitán de la misión anterior, Galil, que desapareció tras una inquietante retransmisión en la que declaró: «Dios ha muerto. Yo soy la luz». Sin embargo, el periplo de Laika y de sus compañeres April, Noon y Tatler se ve truncado nada más empezar. La presencia de una energía maligna en la superficie marciana denominada Evil Mind comienza a afectar la percepción de les astronautas, convirtiendo el viaje a Marte en un descenso a sus infiernos personales, donde los pecados salen a relucir y la maldad amenaza con consumirles por completo. Los únicos monstruos en Marte son aquellos que nacen y viven dentro de las cabezas de sus habitantes. Dentro de la mente turbulenta de Laika, todo paroxismo gira en torno a una misma noción: la de la identidad. ¿Quién es realmente Laika, el silencioso perrito enviado al espacio?

Imagen del videojuego Planet Laika en el que aparecen varios astronautas mirando un planeta. Hay un texto en la parte inferior: El capitán Tatler dice, refiriéndose al planeta: ¡Estrella del desastre, símbolo de conflicto y planeta del engaño!
Capitán Tatler: «¡Estrella del desastre, símbolo de conflicto y planeta del engaño!»

El puritanismo y la vanidad

Todo conflicto posee una raíz. La raza humana siempre ha sido una vanidosa amante de adjetivos gracias a los cuales cada persona trata de definirse a sí misma bajo el paraguas de la individualidad. El rostro es la ventana principal a la identidad personal, donde se reflejan las emociones, en el que se evidencian las diferencias entre una persona y otra, y que además tiene cierto carácter maleable sobre el que plasmar la personalidad propia. Es por eso que la pérdida del rostro humano conlleva en cierto grado también una pérdida de la identidad, ya no como individuos, sino como especie. En el universo de Planet Laika los humanos entregaron sus rostros a los marcianos como señal de paz. La individualidad que exudaba cada semblante fue la perdición para la raza extraterrestre, una especie que se regía por el colectivismo, de modo que se extinguieron y se llevaron ese pedazo de la humanidad consigo. Como únicos rastros de su existencia quedaron la famosa Cara de Marte —también presente en el mundo real, aunque se trata de una formación rocosa cuya fotografía en un momento dado dio rienda suelta al fenómeno de la pareidolia—, así como la antedicha Evil Mind. Por otra parte, los seres humanos, carentes de su identidad habitual, sustituyeron la anatomía perdida por rasgos cánidos aunque antropomorfos: pelaje abundante, nariz de botón, pequeños hocicos y colas tupidas.

Con el planeta rojo desierto, los seres humanos trataron de apropiarse de su geografía y colonizarlo. Sin embargo, la primera función de Marte fue la de vertedero humano. Allí acabaron muchas personas pecadoras que no encajaban en ningún otro lado, de modo que una de las primeras construcciones erigidas fue una prisión en la que encerrarlos, más lejos que nunca de la mirada de la sociedad. Nakaji Kimura, director y guionista de Planet Laika, comentó en la entrevista incluida en la guía oficial del título que una de sus principales inspiraciones a la hora de confeccionar la trama fue el puritanismo estadounidense y su obsesión con la ortodoxia y la bondad. Esta moral cristiana acarrea una fuerte represión que lleva a ocultar todo aquello que se salga de sus modelos de lo que debería ser una buena persona y lo convierte en tabú. En su afán de ocultar todo lo que su doctrina considera malo, toda vergüenza se envía al lejano Marte. Con el paso del tiempo, la prisión termina perdiendo su propósito original y pasa a servir de refugio para los miembros de expediciones anteriores que han declarado su independencia como colonia. El centro penitenciario reconvertido en hogar parece haberse apropiado de la libertad que negaba al permitir a sus colones romper lazos con la Tierra. Pero no por ello es un paraíso para todes por igual, pues la nueva tanda de moradores posee tantos pecados a sus espaldas como sus predecesores.

Cuando un mal se oculta sin tratarlo, no desaparece: se hace bola. Por otro lado, dicha maldad puede comprender un sinfín de cosas que van mutando conforme el tiempo avanza, por lo que ni siquiera se trata en su totalidad de nociones absolutas sino subjetivas. Dicho esto, es innegable que gran parte del mal representado mediante los numerosos personajes de Planet Laika es inherente negativa en el sentido de que afecta a otras personas de forma directa. No obstante, se explora la raíz de dicho mal, sin que sirva como justificación, para explicar su origen y en cierto modo, por qué el puritanismo que ha llevado a enterrar las malas acciones ha terminado dañando a las víctimas en lugar de salvarlas.

Se ve un astronauta en el centro y una cara gigante detrñas. Abajo se puede leer: Esto es raro. Yo… ¡ugh! ¡Me siento todo retorcido…!
Esto es raro. Yo… ¡ugh! ¡Me siento todo retorcido…!

Uno de los casos más llamativos es el de Cosmas y Red. Probablemente inspirado en el caso real que concierne al llamado «niño más bello del mundo», el ya fallecido actor Björn Andrésen, la relación entre Cosmas, un niño sometido a cirugías forzosas para recuperar su rostro humano y acentuar su belleza, y su tío adoptivo, Red, gira en torno a la sexualización infantil y los correspondientes abusos sexuales. Red obliga a Cosmas a operarse una y otra vez para dejarlo a su gusto, admirarle, y violentarle. En la colonia marciana nadie le detiene, ni tampoco niegan sus peticiones en la clínica de cirugía estética. Al igual que en la Tierra, todo el mundo mira hacia otro lado. En cierto punto del videojuego se revela que tiempo atrás Red ocupó el lugar de Cosmas: él también fue un niño bello abusado por su tío. Sin nadie que le tendiera una mano amiga, Red creció sin conocer otra vida, de modo que en su adultez pasó a ocupar la posición dominante que antaño le perteneció a su tío, perpetrando un trauma generacional. Para él solo hay dos estados posibles: violar o ser violado, por lo que ser el sujeto activo de la violencia equivale a garantizar su seguridad. Nada justifica las acciones de Red ni el infierno que hace pasar a Cosmas, pero se trata de una situación que podría haberse evitado con algún tipo de intervención. Encasillar sus actos como simple maldad es una visión reduccionista de un problema enquistado a nivel social, pues él no nació siendo así, sino que fue una compleja maraña de circunstancias la que le llevaron a ello. Es común que las familias encubran abusos sexuales a niños a manos de parientes, sobre todo por el famosísimo «qué dirán». Resulta más fácil ocultar la violencia que enfrentarse a ella y ayudar a la víctima.

Para Cosmas, todos sus males subyacen en su rostro. Según su perspectiva, es su cara modificada la que le hace sufrir, es decir, la identidad que muestra al resto del mundo. Como es lógico, no está cómodo con la manera en la que lo perciben. A lo largo y ancho de la colonia marciana existen otros personajes que comparten esa misma inquietud, esa misma desesperación por tener el control del aspecto que muestran al mundo. Sin embargo, Cosmas es el único en rechazar tajantemente la belleza, pues les demás la persiguen de manera incansable. Personas como Feng o Amanda se obsesionan con lograr un ideal estético, y no son más que la facción visible de toda una legión de personas, sobre todo mujeres, tanto en Marte como en la Tierra, que dedican su vida a tratar de alcanzar el pináculo de la belleza. La cirugía estética se erige como la piedra angular de este viaje para configurar la identidad percibida, pues se consideran más hermosos los rostros humanos perdidos que la anatomía perruna. Como las caras suponen la carta de presentación para la sociedad, la apariencia de la misma supone una pieza muy importante a la hora de demostrar quiénes somos, sobre todo teniendo en cuenta la existencia del pretty privilege, que causa que las personas hermosas reciban, aunque inconscientemente, un mejor trato que las menos agraciadas.

La humanidad perdió una parte trascendental de su «yo», aquello que la definía como especie. Sin rostros, los individuos no se distinguen entre sí y, entonces, la identidad se disipa. No es de extrañar que se acogiese la fisonomía de los perros como reemplazo, para después dedicar una gran cantidad de energía a modificarla. Se colocan las etiquetas de «maldad» y «belleza» como eje de la identidad que define a una persona. Así, Red es malo y Feng es bella. Al fin y al cabo, esas son sus identidades personales, ¿no? Entonces ¿qué es Laika?

Se ve un sitio en ruinas, oscuro, con un espejo grande al fondo y un astronauta mirándose en él.

Laika es muchas cosas. Durante su infancia fue un niño obsesionado con la idea de ir al espacio, que llevaba su cohete de juguete a todas partes. Sin embargo, sus sueños dieron un vuelco cuando su madre, Tanya, volvió a casarse con un hombre llamado Vladimir. Tanto su padrastro como el hijo de este, Sergei, se dedicaron a hacerle la vida imposible, humillándolo y vejándolo. Pisoteando sus anhelos de ir al espacio, riéndose de su ingenuidad infantil. Por otro lado, Tanya, lejos de mostrarse ajena a la situación, también sufrió el maltrato en sus propias carnes. Madre e hijo, atrapades en una casa que no es un hogar, en un conflicto constante en el que tan solo podían tratar de aguantar los golpes. Algo se revolvió dentro de Laika durante esta época. Sucedieron muchas cosas que prefiere no recordar, pero no pasa nada, porque Laika nunca está solo: cuenta con varios compañeres que le ayudan a sostener todas sus tribulaciones.

Cuando Laika va a Marte lo hace en Navidad, donde toda edificación se encuentra adornada con luces de colores y árboles de Navidad con numerosos regalos envueltos asentados en sus bases. No es casualidad que el viaje hacia las profundidades de la psique del perro astronauta se haga durante la festividad familiar por excelencia, cuando los parientes se reúnen y la soledad se convierte en el mayor de los tormentos. En el infierno individual que se convierte Marte, donde la narración se manifiesta como no fiable desde prácticamente el comienzo, cada decoración navideña existe como un recordatorio constante de que todo el conflicto interno de Laika radica en la familia. Este hecho, además, enlaza muy bien con la inspiración puritana, la cual, dentro de su conservadurismo, busca proteger la institución familiar como unidad social base, sobre la cual se promulgan y difunden los valores que erigen su ideología. Para Laika, en cambio, el concepto de familia se convirtió en una prisión para él y para su madre. La Navidad hace que recuerde a Tanya, pero también su trágico fallecimiento, a Vladimir, a Sergei, y a su pequeño cohete de juguete colocado al pie del luminoso pino.

Los sueños y la realidad se invierten en la colonia marciana, donde ya es imposible distinguir entre uno y otro. Los trajes espaciales adquieren condición de inútiles bien pronto, pues su absoluta necesidad inicial se desecha al decidir caminar por la superficie marciana sin casco y respirando dióxido de carbono; gente aparece en lugares que no les corresponde, y el acto de dormir se sustituye por sentarse en el suelo, al lado de la cama, abrazándose las rodillas. Los espejos llenan Marte, ansiosos por mostrar el reflejo real de Laika. ¿Qué se verá reflejado sobre su superficie sino sus pecados?

Se ve a un astronauta en el centro de la imagen, rodeado de muñecos gigantes, por lo que entendemos que es el astronauta el que es pequeño. Al fondo, se ve la silueta de una persona parada en la puerta de un cuarto, a contraluz, visto desde abajo

El planeta del pecado

Cuando Tanya quedó embarazada de Vladimir, a Laika le ilusionó un montón la idea de tener una hermana pequeña. Pero Vladimir no quería a les hijes de Tanya, así que conspiró con el doctor para forzar un aborto no consentido. Así asesinaron a Masha, la hermana pequeña de Laika, y así nació Ernest, la consolidación de los deseos de Laika de proteger a su hermana, un ser henchido de ira y ansioso de poder.

Un día en el que Laika fue a la biblioteca, quedó prendado de un libro en particular, uno que le mostró la inmensidad del espacio y que le impulsó a soñar con convertirse en astronauta. Junto a su nueva ambición nació Spacer el orgulloso, persiguiendo siempre la sabiduría, calmado y racional.

Aquella tarde en la que Laika regresó a una casa silenciosa, supo que algo muy importante se había ido para siempre. La certeza vino al abrir la puerta del baño, en el que, tendido dentro de una bañera llena de sangre, yacía el cuerpo sin vida de Tanya. Cuando esta se quitó la vida nació Yolanda, la compañía y el apoyo que la madre de Laika necesitaba, tan perceptiva como envidiosa, de lengua afilada y avaricia inconmensurable.

Cada una de estas tres personas carga con parte del gran peso que se cierne sobre Laika. Él solo no puede con todo, así que Ernest, Spacer y Yolanda aparecieron para ayudarle, aunque tan solo existen dentro de su cabeza. De este modo, apareció en Laika un trastorno de personalidad múltiple, aunque para él no es una afección, sino un salvavidas. La mente de Laika necesitó dividirse para soportar el trauma, de modo que sus otras tres personalidades no son parásitos: son escudos. Tampoco compiten por hacerse con el control del cuerpo sino que cooperan entre sí; el cuerpo de Laika es un espacio compartido que maneja quien lo necesite o aquel cuyas habilidades lo requieran. Entonces, Laika no es sólo Laika, porque también es Ernest, también es Spacer y también es Yolanda. Los espejos pueden devolver la imagen de cualquiera de les cuatro. Elles tres se encargan de las emociones fuertes y de la gran mayoría de tareas importantes. Por otro lado, Laika conserva el silencio y se mantiene estable; aunque su personalidad se esfumó con el trauma. Si bien Laika posee múltiples identidades definidas, podría decirse que aquel al que llaman Laika es aquel cuya infancia fue robada, aquel al que no se le permitió ser un niño. En lugar de madurar, lo cual ya de por sí implica un cambio enorme en cuanto a la identidad personal, sus facetas se dividieron para que, así, pueda seguir contemplando las estrellas en paz.

Se ve un fondo negro y tres personajes asomados, desde el punto de vista de alguien que está tumbado. Los personajes tienen luces alrededor de los rostros

Resulta interesante, sobre todo tratándose de un título de 1999, que un personaje masculino con un trastorno de personalidad posea una identidad femenina sin que esto se vuelva tierra fértil para chistes tránsfobos y machistas. Cuando Yolanda toma el control exige un trato en femenino, y personajes como April lo hacen sin rechistar —salvo Tatler, que ignora las peticiones de cualquiera de las personalidades—. La aparición de un yo femenino puede denotar una inconformidad de género por parte de Laika arraigada en su más tierna infancia. Al fin y al cabo, el género en cualquiera de sus formas es una dimensión muy íntima de la identidad propia, que pueda manifestarse de incontables formas, y en el contexto de Laika la existencia de Yolanda podría sugerir más de lo que parece.

Identidad de género aparte, el desasosiego que su infancia causa a Laika no se detiene ahí. ¿No se decía que los perros que van a Marte lo hacen por un motivo? Pues bien, al final Laika posee mucho más en común con el resto de exiliades de lo que pensaba: todes, él incluido, son un hatajo de pecadores. El pasado no ataca cual monstruo a las personas que no sienten un ápice de culpa. Y, aunque Laika haya repartido la suya entre el resto de sus personalidades, a él le sobra. Porque la culpa y los pecados son cosas que lastran por mucho que haya llegado a creerse sus propias mentiras.

Se ve una habitación con un árbol de navidad al fondo y tres personajes. Dos de ellos llevan un atuendo extravagante y solo están apoyados en una pierna. Le hablan al tercer personaje que tienen enfrente, el astronauta, diciendo: ¡Los perros deberían lanzarse al espacio!
West: ¡Los perros deberían lanzarse al espacio!

Laika no se quedó de brazos cruzados ante el maltrato por parte de Vladimir y Sergei. O, más bien, el resto de sus identidades no lo hicieron. Ernest quemó el establo en el que Vladimir guardaba a su caballo favorito, con la criatura dentro, y Spacer se las ingenió para culpar de ello a Sergei. El autoengaño fue tal que Laika, en su adultez, continuaba convencido de que aquello fue cosa de su hermanastro. Ernest y Spacer cargaron con esos pecados para que Laika pudiera continuar viviendo. Es más, no solo cargaron con el peso de la maldad de Laika, porque Tanya también fue parte del complot aunque Laika haya querido olvidarlo. Gracias a los dos, tanto él como su madre quedaban limpios. Por su parte, Yolanda, que no nació hasta el suicidio de Tanya, puso punto y final a la vida de Vladimir, envenenándolo poco a poco. Mientras que Laika creía que le estaba tendiendo su bebida habitual, Yolanda era consciente de las sustancias que había vertido en ella. De modo que Ernest, Spacer y Yolanda sostienen la quema del establo y del caballo, la acusación a Sergei y el asesinato de Vladimir. Todo para proteger a Laika y a Tanya.

En el momento en el que se entera de que Laika terminó rompiendo su tan preciado cohete, Yolanda no se lo cree. Porque Laika nunca había hecho nada por sí mismo, siempre dejando las tareas más difíciles al resto. Ni siquiera cree que se preocupara por Tanya porque tan solo ella lo hacía. Por mucho que pareciera la personalidad dominante, su actitud era pasiva, pues cedió cada faceta de su ser a cada personalidad, quedándose sin ellas en consecuencia. Pero eso sí que lo hizo: quebró el juguete en tres partes, tal y como representa la portada del videojuego. Una por Ernest, otra por Spacer y una última por Yolanda. 

No obstante, existe una quinta personalidad al margen de Laika, Ernest, Spacer y Yolanda. Phoenix huele a almendras, es introvertido y se halla escondido en un espacio muy recóndito del cerebro de Laika. Literalmente. Cuando Tanya se quedó embarazada por primera vez, al comienzo parecía que venían gemelos. Pero en una fase muy temprana de la gestación, un embrión absorbió al otro, de modo que solo dio a luz a Laika. Sin embargo, el otro gemelo no desapareció del todo: sus células se encajaron en la cabeza de su hermano y estuvo viviendo como un tumor cerebral —claro que esto no funciona así en la vida real—. Phoenix, la quinta personalidad, es el hermano de Laika y un quiste que tuvo que ser examinado por especialistas en neurología. También podría considerarse la fuente del trastorno de Laika, el nicho que cultivó sus conflictos internos a través del trauma. Asimismo, la existencia de Phoenix resta aún más fiabilidad a Laika como narrador, pues provoca que su cerebro no perciba la información como debería. Tan pronto como se menciona que el comandante de la misión se apellida October, exactamente igual que uno de los doctores que estudió el tumor de Laika, sabemos que su versión de los hechos se encuentra viciada. Phoenix creció a la sombra de su hermano, sin recibir el amor de su madre y siendo testigo de cómo esta deseaba extirparlo para mejorar la calidad de vida de su otro hijo.

Se ve a un astronauta en el centro, rodeado por cohetes espaciales enterrado en el suelo. Al fondo, uno de los cohetes tiene la puerta abierta.

En Planet Laika la existencia de las múltiples personalidades no queda relegada únicamente a varias menciones en la trama, sino que se encuentra incrustada en la jugabilidad. Este título, por mucho que se autodenomine como RPG, se encuentra más próximo a los walking simulators y a las novelas visuales, pues gran parte de la progresión se dedica a caminar de aquí para allá hablando con las personas adecuadas. Dentro de este bucle jugable, cambiar de una personalidad a otra se vuelve menester para poder avanzar. Cada vez que Laika interactúa con alguien, absorbe su «maldad», y la personalidad que surgirá al mirarse a un espejo dependerá del tipo más acumulado: roja para Ernest, azul para Spacer y verde para Yolanda. Les tres poseen habilidades únicas que les vuelven útiles en diversas situaciones, de modo que es necesario ir rotando el control. De igual manera, el cambio de personalidad conlleva una importante alteración física, pues cada une posee su propia apariencia en armonía con su forma de ser. Sin embargo, cuando un tipo concreto de mal alcanza el máximo supone un game over. Porque todo el mundo posee una pizca de maldad en sus corazones; nadie es puro del todo, pero tampoco hay que permitir que esta los consuma.

Por otro lado, Laika no es la única persona en la colonia marciana con un trastorno de personalidad múltiple. Un buen puñado de personajes comparten esta característica por motivos similares, es decir, para ser capaz de aguantar tanta culpa y tanto pecado sin desmoronarse. Estas divisiones son, entre otras muchas cosas, métodos que emplea la mente para protegerse. En el caso de Laika, la suya coloca todo según cree conveniente, tanto para resguardarse del trauma como para castigarse, pues este amenaza con desbordarse mientras su cabeza es incapaz de borrarlo todo. Es por eso que, una vez expuestos los pecados, la mente autoengañada se rompe y las personalidades pierden su propósito, pues ya no pueden seguir sosteniendo la culpa.

Se ve un cuarto oscuro con tono azul, y un astronauta sentado en el suelo al lado de una cama

Un mundo sin maldad

Galil termina apareciendo y se revela como una suerte de aspirante a deidad que busca encarnar la bondad más pura en contraste a la perversidad reinante en Marte. Él es bueno porque el resto del mundo es malo: su etiqueta reside en la comparación. Siendo más que consciente de esto, fue él quien movió hilos entre bastidores para acrecentar el nivel de maldad presente en la colonia, lo suficiente sutil como para poder achacar los malos actos a otras personas. Es él quien trata de hacer desaparecer a Phoenix, Ernest, Spacer y Yolanda haciendo notorios los pecados de Laika, siendo este, para él, el mal encarnado. Sin embargo, se le escapa algo muy importante que ya sabemos de sobra: no es posible un universo sin pizca de maldad, ni nadie puede ser completamente bueno o malo. Lo malo existe porque existe lo bueno, y para rechazar el puritanismo y la ortodoxia debemos aceptar que nadie es perfecte, porque así es la humanidad. Aceptar la existencia de una bondad absoluta es caer en la doctrina conservadora y acceder a señalar a toda persona que caiga en ambigüedades que, una vez más, pueden variar según la época. En relación a esto, en cierto punto comienzan a correr rumores sobre el surgimiento de una «verdadera buena persona»: Noon, el deslenguado compañero de Laika. Tras sufrir los efectos de la Evil Mind que despertaron sus propios traumas infantiles, terminó redimiéndose. ¿Cómo se convierte alguien en algo tan puro? Pues ahora Noon yace inmóvil y espachurrado en el interior de una botella de cristal. Solo desprendiéndose de aquello que le hace humano es capaz de alcanzar un estado de bondad absoluta.

Al final, los humanos continúan mostrándose incapaces de abandonar etiquetas que los definan y encasillen. La identidad humana es muy importante para poder definirse a nivel individual y, de la misma manera que los marcianos no pudieron soportar el peso de la individualidad, los seres humanos tampoco pueden desprenderse de ella sin colapsar. Averiguar quién eres supone una fase crucial a la hora de comprenderse a une misme y, a veces, es necesario marcharse a otro planeta para reconciliarse con el pasado y poder aceptarse. No hay que tener miedo a enfrentarse a la mente propia, solo así es posible averiguar quién se es en realidad.

Todo Planet Laika narra el viaje de Laika hacia su interior. Su historia, entornos y personajes se hallan confeccionados para explicar las turbulencias dentro de la mente aquejada del protagonista. El narrador no fiable se lleva al extremo: Laika escucha voces familiares, ve largos pasillos estériles y queda cegado por halógenos resplandecientes y fríos. El doctor October le está operando para extraer el tumor de su cerebro y, mientras, él sueña con sus preocupaciones: Sobre si es malo, sobre si es feo, sobre sus juguetes, sobre su familia, sobre todos sus miedos. La operación es peligrosa, de modo que su mente viaja a Marte a pasar la Navidad, cual niño de finales de los 50 que cree que hay que convertirse en un perro para ser astronauta. A pesar de que queden dudas sobre qué partes ocurrieron de verdad y cuáles no, un inquieto sueño infantil posee valor por sí mismo, pues los viajes no siempre deben ser literales. Es cierto que Planet Laika tiene problemas a la hora de dibujar esa línea sin permitir que nada de lo establecido pierda relevancia, pero a veces las mejores introspecciones provienen de aventuras metafóricas. Quizá los ojos de Laika no vuelvan a abrirse, pero al menos pudo contemplar la nieve cayendo sobre el planeta rojo.

Se ve un paisaje rojo, del planeta Marte, con formaciones rocosas verticales de fondo, y a un astronauta en el centro, asomado a ese paisaje, al borde de un camino.

Laika es muchas cosas. Es una persona cuyo nombre real acaba en «nov», es Laika, es Phoenix, es Ernest, es Spacer y es Yolanda. Es alguien que desea ser más fuerte, más sabio y más atento. Es un perro, un astronauta y un pecador. Tranquilo y encantador. Un hombre que se va a pasar la Navidad a Marte porque no cree que en la Tierra haya nadie que vaya a echar de menos a un perro callejero como él.

Pero, por muchos años que pasen, yo seguiré pensando en Laika.

Irene Morales

Irene Morales

Estudié Periodismo porque me apasiona la escritura. Obsesa de los videojuegos desde cría, me gusta jugar a los más angustiosos con mi gata como espectadora.

Artículos recomendados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies