Silent Hill f: el terror de querer ser quienes somos

Ilustración de cabecera realizada por Irene Santos.

 

Siempre he asociado la saga Silent Hill (Konami, Team Silent, 1999) con el óxido, la niebla densa y el sonido de una sirena rasgando el silencio. Por eso, cuando vi las primeras imágenes de Silent Hill f (Konami, NeoBards Entertainment, 2025), sentí una extraña fascinación. El paisaje industrial americano desaparecía para dar paso a un Japón rural de una belleza sobrecogedora, casi irreal. Y luego estaban las flores. Unas flores de un rojo carmesí que no solo cubrían el pueblo, sino que brotaban directamente de la piel, entrelazándose con los cuerpos como si fueran una parte más de ellos. No era un horror impuesto desde fuera, sino uno que nacía desde dentro, una belleza terrible que parecía hablar de la identidad y la carne. Esa imagen, la de una joven cuyo rostro florece, se quedó conmigo y me obligó a preguntarme qué clase de terror es aquel que, en lugar de corromper, adorna.

Esa belleza terrible me recordó a la adolescencia, a esa etapa en la que el mundo te dice constantemente quién debes ser. El terror de Silent Hill f no parece venir de una secta o de un trauma personal reprimido, sino de algo mucho más cotidiano y, por ello, más siniestro: la presión por encajar en un rol de género predefinido. Es el horror que se esconde en las páginas de una revista que te sentencia: “Una mujer no está completa hasta que la aman”, o en la voz de un programa de radio que pregunta al aire: “¿De qué sirve una mujer que no sabe ni cocinar bien?”. Es la memoria de un parque infantil donde te dijeron que no podías jugar con los niños, o la duda sembrada por una amiga al preguntarte si no suenas “demasiado masculina”. Esas expectativas, esas reglas no escritas sobre cómo debe ser, sentir y actuar una mujer, son las verdaderas semillas que en Silent Hill f parecen germinar de forma literal, convirtiendo el cuerpo en un jardín de imposiciones. El verdadero monstruo, entonces, no es un ente externo, sino la asfixiante feminidad que nos imponen, un adorno que, como las flores carmesí, crece hasta ahogarnos.

Este guion no lo elegimos nosotras. Se nos entrega al nacer y se nos refuerza cada día. Es un libreto lleno de acotaciones sobre cómo sentarse, cómo hablar, qué desear y a qué aspirar. Yo misma he pasado gran parte de mi vida interpretando un papel que me asfixiaba, el de un hombre cis, memorizando gestos y modulando la voz para una actuación que nunca sentí como mía. La protagonista del diario lo verbaliza con una claridad que duele: el rechazo a seguir las órdenes de otra persona, la necesidad de caminar un «camino solitario» para poder escucharse a sí misma. Es el terror de mirarte al espejo y no verte a ti, sino el reflejo de tu madre o de tu hermana Junko, que te muestra el «camino rápido» hacia una felicidad que no es la tuya. La sociedad entera se convierte en un director autoritario que te susurra desde una revista para hombres que hay que ser un «samurái de sangre caliente» o te recuerda desde un retrato antiguo el linaje de feminidad sumisa del que se supone que no puedes escapar. Pero un disfraz, por muy bien que se lleve, siempre aprieta. Y llega un momento en que la piel que hay debajo ya no puede respirar. ¿Qué sucede cuando la única forma de romper el personaje es mutilando el propio cuerpo?

La respuesta es un acto de violencia radical y liberadora. En Silent Hill f, la protagonista se corta el brazo. No es un acto de autolesión nacido de la desesperanza, sino la declaración de guerra definitiva contra el papel que la está matando. Es la única manera de detener el florecimiento, de arrancar de cuajo el jardín que amenaza con consumirla. Este corte es una amputación simbólica: la renuncia explícita a la mano que le tendían para guiarla por el camino correcto, la mano con la que se esperaba que cocinara, que cuidara, que se comportara como debía. Es el momento en que el actor en el escenario decide que la obra es una farsa, rompe la cuarta pared y se despoja del vestuario a la fuerza, aunque la tela se haya adherido a su piel y arrancarla suponga sangrar. Es un acto de soberanía sobre la propia carne, un grito que dice: “Este cuerpo es mío, y prefiero que esté roto y a mi manera que completo y a la vuestra”.

Pero el vacío que deja esa amputación no permanece. En su lugar, la protagonista se injerta un brazo de lobo. Y aquí es donde el terror se transforma en poder. No lo reemplaza por una prótesis que imite la normalidad, sino que abraza una identidad que es deliberadamente monstruosa para los demás, pero auténtica para ella. El lobo simboliza la fiereza, lo salvaje, aquello que no puede ser domesticado por las normas del pueblo. Deja de defenderse con palos y armas rudimentarias —las herramientas que le permitía usar su rol— y empieza a atacar con una parte de sí misma. Su verdadera naturaleza, antes reprimida y calificada de “masculina” o “incorrecta”, ahora es su arma principal. Es la aceptación de que su identidad no reside en la dicotomía de los roles de género, sino en la integración de todas sus partes. La joven que sostiene el espejo con el reflejo de una máscara de zorro o lobo ya no se esconde: nos muestra su verdadero rostro, uno que ha elegido y construido a través del dolor y la sangre.

El camino para ser una misma es un infierno solitario. Después de la sangre, del corte y de aceptar al monstruo que llevamos dentro para poder respirar, es fácil creer que nos hemos condenado a caminar solas para siempre. Que al destruir el disfraz, hemos perdido cualquier oportunidad de ser queridas. Y entonces, a veces, en medio del silencio, llega una carta. La firma un niño, Kotoyuki. Alguien a quien nuestra valentía, esa misma que otros calificaron de “incorrecta” o “masculina”, le salvó la vida.

Es la prueba de que la herida que nos abrimos no fue en vano. Nuestro propio Silent Hill personal, ese fuego abrasador que sentimos al no encajar, puede parecer un viaje sin final. Pero siempre hay alguien al otro lado de la niebla. Alguien que no verá un monstruo, sino a la persona que le salvó. Puede que nunca dejemos de luchar contra los fantasmas del pasado, pero existen refugios.

Existen personas que nos ven, que nos celebran y que nos dan las gracias por ser exactamente quienes somos. Encontrarles no borra las cicatrices, pero hace que el haber luchado por ellas, por fin, merezca la pena.

Captura del juego sacada de la página web: https://game8.co/games/Silent-Hill-f/archives/556289

 

Iris López

Iris López

Pyramid Head me hizo tener pesadillas cuando era una cría. Ahora sigo teniendo pesadillas pero escribo sobre ellas.

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