Ilustración de cabecera realizada por Cyanek.
Si hay algo que subyace en lo profundo de nuestras mentes es el temor a lo desconocido.
Un temor primitivo a lo «otro» que Black Salt Games ha sabido reflejar muy bien en su primer videojuego: Dredge (2024). Y lo hace a través de un entorno amenazador y monstruoso, un mundo oculto e indomable que, como jugadores, ni siquiera llegamos a conocer del todo.
En lo que se refiere a la estética general del juego, los colores y el diseño están muy bien trabajados. Cada conjunto de archipiélagos tiene su propia paleta de colores: los rojos para la zona volcánica, por ejemplo, y el amarillo para la zona contaminada. Esto hace que cada área transmita sensaciones distintas sin dejar de lado, por supuesto, la principal amenaza: la oscuridad. Todo esto no solo hace que Dredge sea visualmente atractivo sino también refuerza la atmósfera de inquietud y misterio que permea toda la experiencia.
Y esto nos lleva al corazón del juego. En Dredge, eres un pescador sin nombre, casi sin rostro. Tienes un extraño accidente en el barco y acabas en Las Vértebras sustituyendo a quien ocupaba tu puesto. Los primeros días parecen sencillos; tu tarea consiste en pescar para poder pagar el barco y, a la vez, alimentar al pueblo de Vértebra Mayor. Sin embargo, a medida que pasan los días y la niebla avanza, la jugabilidad se vuelve más compleja.
Te advierten desde el principio: no salgas a pescar de noche. Así es como el juego empieza a dividirse en dos: día y noche, superficie y profundidad, lo normal y lo grotesco.
Todo con una constante: el océano, el principal villano de la historia. Una masa de agua que te devuelve la mirada en cuanto empiezas a perder la cordura tratando de administrar el tiempo, el espacio y los recursos. Porque sí, en Dredge debes gestionar muy bien el tiempo que pasas navegando, la cantidad de peces que pescas y cómo utilizas los recursos para mejorar el barco. Todo ello con el aliento del océano soplando en tu nuca sin saber qué será lo próximo que descubras. O a quién.

La pesca como conexión entre la superficie y los horrores ocultos
La pesca se convierte en la única forma que tenemos como jugadores de interferir en el océano. Hay misiones que me llevaron a dar vueltas por diferentes partes del mapa una y otra vez. En todas las islas hay secretos y puzzles que debes resolver de la mejor manera: pescando. Pensé que se trataría de una mecánica complicada, como puede serlo en títulos como Stardew Valley, pero resulta placentera. Los peces no se resisten y cuentas con una enciclopedia que vas completando a modo de Pokédex. Además, conforme avanzas en el juego y mejoras el barco, descubres nuevas técnicas que te permiten pescar de forma más rápida y sencilla sin tener que preocuparte siquiera de la caña.

Otro aspecto del juego que me ha sorprendido, y para bien, ha sido el manejo del barco. No me gusta la idea de manejar barcos o aviones en videojuegos porque las mecánicas me suelen resultar incómodas. Sin embargo, en Dredge me ha parecido sencillo, aunque conforme fui mejorando los motores, peor se me dió y más tuve que gastar en reparaciones. Esto resalta la dualidad de la experiencia: mientras que la pesca es una forma activa de interacción, el manejo del barco puede ser un desafío que añade tensión a la jugabilidad.
Y si hay otra cosa que Black Salt Games ha sabido hacer, es traspasar la pantalla. Sin darme cuenta me vi desconfiando de algunos personajes que conocía y también del océano. Dredge te crea esa incertidumbre. No saber qué está pasando exactamente hace que todo parezca más amenazador. Y esto no solo ocurre de dentro hacia afuera, es decir, desde el punto de vista del personaje desconfiando del resto. También como jugadora llegué a desconfiar de las decisiones que el propio protagonista tomaba. Me vi avanzando en las misiones, pero, ¿era correcto lo que hacía? Tras el accidente, parece que el protagonista no puede confiar ni en sí mismo.
Además, gestionar el tiempo que pasas navegando puede generar cierta sensación de alerta. A veces estás a gusto pescando en mitad del océano y, de repente, te das cuenta de que está anocheciendo. Y a pesar de que, conforme avanzas, descubres ciertas habilidades para facilitar la navegación, la noche sigue siendo un peligro.

En definitiva, Dredge es un título que, al igual que la marea, puede tener altibajos en cuanto a variabilidad. Sin embargo, sabe transmitir muy bien lo que pretende: el temor a lo desconocido, a lo oculto más allá de lo que somos capaces de percibir. Esto ya hace que la experiencia merezca la pena. También por su desenfadada jugabilidad y una banda sonora maravillosa.


De los mejores juegos que he jugado en los últimos años. Todo muy cuidado. Gran proyecto. Lo recuerdo miedo siempre que puedo.
Mis dieses.