Relato escrito por Sara Rodríguez de Arce Martínez
Ilustrado por Isi Cano
Un nuevo día
Empieza un nuevo día, aunque sería más apropiado decir «empieza otra vez el día», porque nada es nuevo en este sitio, no para mí. Aparezco y desaparezco con la luz del sol, siempre en el mismo sitio, siempre en mi panadería.
Digo que es «mi panadería» porque soy la única persona que trabaja aquí y me llamo Panadero, pero jamás pagué una mísera pieza de bronce por ella, ni tampoco he ganado nada en todo este tiempo, ya que nadie entra ni sale de este lugar. Tan solo estoy yo; yo, mis panes y mi gigantesco horno de piedra.
Nada cambia aquí dentro, ni aunque me pase todo el día haciendo pan, porque en el momento en el que cojo una bola de masa de la bandeja, aparece otra en su lugar, y cuando coloco una hogaza recién horneada en el cesto, desaparece la última que había hecho. Si te soy sincero, es frustrante ver cómo la única actividad que realizas en tu vida no da ningún fruto, o ningún pan, mejor dicho, pero así son las cosas aquí. Al menos tengo algo que hacer, al menos mi vida no es como la de Frutera.
Frutera es la única persona a la que veo a través de la ventana. Escucho más voces procedentes de la calle, pero, al no poder moverme de mi mesa, no puedo comprobar a quiénes pertenecen. Frutera se pasa todo el día de pie en su tenderete, con los brazos a la espalda y gritando «¡Compren fruta fresca! ¡Recogida esta misma mañana!» cada quince segundos exactos. Siempre lleva el mismo vestido azul y el mismo moño repeinado, y su gesto impasible no se corresponde con el entusiasmo de su voz. Pienso en la vida de Frutera y me angustio al imaginar el aburrimiento que debe sentir al pasar horas sin hacer absolutamente nada más que dejarse la garganta gritando al vacío, porque nadie se para a comprarle manzanas o higos a Frutera, al igual que nadie compra mis panes. Ni un alma atraviesa esta polvorienta calle. Sin embargo, no puedo hacer otra cosa que enharinarme las manos y proseguir con mi despropósito de vida.
Tampoco pediría mucho, de poder pedir algo, ¿sabes? Me gustaría cambiarme de ropa para no estar manchado de harina, y poder darme un baño de cuando en cuando para quitarme el sudor que me cubre la piel. Estoy convencido de que, si pudiera subir las escaleras que hay a mi derecha, encontraría una habitación con una buena cama y un armario con ropa dentro, o podría mirar en el cofre de la esquina, pero tampoco hay manera de que me pueda mover hasta allí.
De poder pedir más, me gustaría vivir en una granja, tener un nombre distinto y llevar un vestido como el de Frutera. Quizá me apetecería incluso vivir con Frutera, si su impasividad fuese sustituida por un mínimo atisbo de emoción; pero me conformaría con una vida sencilla, sin riquezas o actividades muy complejas. Ni siquiera pediría tener diálogos, sólo ir encargándome de mis animales mientras ella corta leña, y así hasta que se haga de noche y desaparezcamos. Miro de reojo a Frutera mientras imagino un tronco partiéndose en dos tan solo con la fuerza de su mirada inexpresiva y, de repente, escucho unos apresurados pasos aproximarse por la calle.
Un hombre con un espadón a la espalda, y una armadura estridente, en absoluto acorde con el estilo de esta región, pasa por delante de mi ventana. Aparece durante un segundo, pero puedo observar en su rostro una expresión de tipo duro perseguido por los demonios de su pasado. Un segundo me basta para saber que no lo soporto.
Al poco rato vuelvo a verle frente a mi panadería, y esta vez se acerca a Frutera. Para mi sorpresa, en cuanto este caballero desubicado pasa junto al tenderete, ella le pregunta «¿Le apetecería una manzana? Le prometo que será la mejor que ha probado nunca», y puedo ver en ella cierto gesto de… ¿amabilidad? Si pudiese abrir la boca a voluntad, tendría la mandíbula en el suelo. Jamás había esuchado a Frutera decir nada distinto a su frase, y lo peor es que ha malgastado esta novedosa habilidad comunicativa con ese mindundi. Sin dignarse a contestarle, el hombre se da la vuelta y se aproxima a buen paso a mi panadería.
Tan pronto como atraviesa el umbral de la puerta, de mi boca empiezan a salir palabras sin que pueda evitarlo: «Dígame si desea algo y, si no, largo, que no está el horno para bollos, jeje». No puedo creerlo… ¿Pero qué me pasa? ¿Esa es mi frase? ¿Cómo se me ha ocurrido algo tan estúpido? No me puedo creer que, además de tener una vida miserable, lo único que vaya a decir sea una broma sin gracia alguna. El caballero, ignorando mi absurda intervención, pasa por delante de mi mesa y sube las escaleras hacia lo que imagino que es mi habitación.
¿Quién se ha creído que es? ¡Le estoy escuchando abrir mi armario! ¡No me ha dado ni los buenos días y se ha colado en mi habitación a cotillear los cajones antes de que lo haya podido hacer yo! Quiero gritarle que salga de inmediato de mi establecimiento, pero ya no tengo capacidad para hablar, y sigo sin poder moverme o dejar de amasar.
Cuando el impresentable baja las escaleras, lo hace llevando en la cabeza un ridículo sombrerito de paja que desentona por completo con la brillante y recargada armadura de colores que porta. Así que eso es lo que había en mi armario, un sombrerito feo porque soy un simple aldeano, y, además, parece que se lo ha puesto para burlarse de mí. Seguro que si me concentro y empleo todo mi esfuerzo soy capaz de soltar un improperio. Venga, yo puedo. Cierro los ojos, respiro hondo y… «Dígame si desea algo y, si no, largo, que no está el horno para bollos, jeje». No. No puede ser que haya repetido esa frase. Vamos a ignorar esto, por favor.
Quiero mirarle con odio, pero tampoco puedo hacerlo, ni siquiera cuando se percata de que hay un cofre en la esquina y se aproxima a él. No será capaz. Se agacha y saca una ganzúa de… ¿de dónde se la ha sacado? Tras unos segundos concentrado en su tarea delictiva, se escucha un crujido y parece que no ha sido capaz de abrir el candado, la ganzúa está rota, pero el caballero blande su espadón y se prepara para asestar un golpe, porque no hay una manera más comedida de abrir un cofre, por supuesto. Instantes después, sólo quedan trozos de madera astillada en el suelo, y el hombre sale sin mirar atrás de la panadería cargando con una poción de curación, unas velas, una sartén y un vestido de aldeana. Mi vestido. Ni siquiera lo necesita, porque no se lo va a poner debajo de la cota de malla, pero lo ha cogido todo sin miramientos porque le parecía demasiado costoso pararse a pensar en qué necesitaba.
Noto la ira recorrerme el cuerpo, como si todo mi sistema nervioso quisiera salir corriendo tras él y propinarle una patada en la espinilla, pero no puedo hacer otra cosa que no sea sacar una hogaza del horno, y así continúo, horneando pan, hasta que se hace de noche y desaparezco.
Al día siguiente puedo ver el sombrero de paja atravesar la calle en varias ocasiones acompañado del traqueteo de la armadura, pero el caballero, si es que se le puede llamar así, no se digna a disculparse por el estropicio de ayer. Todo sigue su curso monótono, inalterado e improductivo hasta que cae la tarde.
Cuando la luz del día se torna anaranjada, escucho en la lejanía un estallido de golpes y gritos y, sin poder aventurarme a comprobar qué es lo que sucede, voy notando cómo los ruidos de una encarnizada batalla se aproximan poco a poco a mi tienda. Cuando parece que por fin voy a ver quiénes son los combatientes, surgen entre Frutera y mi ventana unas oscuras figuras sin rostro, con aspecto de estar deshaciéndose y portando una brillante esfera azulada en la mano. Del terror que siento, tardo en percatarme de que ya no me encuentro amasando, sino mirando fíjamente a los seres que acaban de aparecer frente a mi puerta y agitando los brazos sobre la cabeza en señal de pánico. Sería apropiado gritar en este momento, incluso creo que tendría oportunidad de huir, ya que las espantosas criaturas parecen estar centradas en aquella persona que se aproxima luchando por el camino, pero no puedo hacer otra cosa que no sea mover los brazos de manera poco natural.
Al pasar un eterno minuto, el portador de un absurdo sombrerito de paja y un espadón tan grande que debería ser imposible de sujetar aparece corriendo, dispuesto a enfrentarse a los seres que han surgido de la tierra. Estos comienzan a disparar rayos de luz de sus orbes azulados, pero el caballero continúa avanzando impasible, moviendo su arma sin ton ni son y haciendo disminuir unas barras rojas que han aparecido sobre la cabeza de sus enemigos. Cuando el incansable guerrero asesta el último golpe, otros dos seres más grandes que los anteriores aparecen frente a mí, y yo no tengo nada mejor que hacer que correr en círculos chocándome con las paredes y la mesa, intentando salir por la puerta, pero sin conseguirlo.
El caballero se adentra sin dudarlo en mi establecimiento y comienza a dar espadazos de manera descontrolada. Intento alejarme todo lo posible de la batalla, pero las piernas no me responden y continúo corriendo de un lado a otro. En el momento en el que parece que el hombre y su sombrero tienen la situación controlada, mis piernas se encaminan con decisión hacia la puerta, sin preocuparse de que, para llegar hasta ella, debo atravesar la oleada de ofensivas que cruza la habitación. Cierro los ojos mientras me abalanzo hacia la salida, rezando a todos los dioses en los que no creo para que me protejan y, al abrirlos de nuevo, estoy a un palmo de atravesar el umbral. Siento una euforia descomunal, no sólo he sobrevivido, sino que voy a pisar el exterior por primera vez en la vida, Pero, de repente, mientras celebro en mi interior mi nueva libertad, veo por el rabillo del ojo el brillante filo del espadón dirigirse hacia mi cabeza tras haber partido en dos el cuerpo de una de las criaturas. Caigo al suelo y un charco de sangre se materializa a mi alrededor. Aunque no puedo moverme, soy capaz de ver cómo el hombre, confundido por haberme dado muerte, comienza a encadenar errores, y los horrendos seres no tardan en ganarle terreno y agujerearlo con sus rayos azules. El caballero cae al suelo como una muñeca de trapo, en una postura grotesca y aún con el sombrero de paja perfectamente colocado sobre la cabeza. Después, no veo nada.
Aparezco, pero todo es distinto. Esta vez noto el sol y el viento en la cara. Huele a mierda de vaca. La luz me inunda las pupilas al abrir los ojos y, cuando se acostumbran a tanto brillo, veo que estoy en una granja, en mi granja, porque ahora mi nombre es Granjera. Estoy rodeada de verde y de animales diversos que pastan tranquilos en sus cercas bajo esta apacible mañana. No muy lejos puedo ver a Granjera, una mujer con la misma cara que Frutera, pero con distinto peinado y un vestido verde, que se encuentra cortando leña de manera pausada y con gesto imperturbable. Miro abajo, llevo puesto un vestido azul, sin manchas de harina, y cargo en la mano un cubo para la leche de las vacas.
Respiro hondo. La ira y el miedo ya no están, al igual que el caballero y su estúpido sombrero. Todo ha quedado atrás, en otra vida. Esbozo una leve sonrisa y me encamino a trabajar.

