Relato escrito por Iris López
Ilustrado por Lucía Gallego
Fantasmas
Todo el mundo piensa que las fiestas de networking después de los eventos de videojuegos son increíbles: barra libre de cerveza, cátering y charlas interminables sobre lo mal que va el sector indie y lo difícil que es conseguir tu trozo del pastel. Es la oportunidad perfecta para hacer contactos; la gente desinhibida y sonriente luce mejor que sus versiones serias y empresariales de unas horas antes. Todo es diversión y disfrute.
Si eres un hombre, claro.
Hace cuatro años que asisto a estas fiestas. Mi jefe de entonces me insistió en acudir: «¡Que venga la becaria, que seguro que se lo pasa bien!», dijo delante de toda la empresa —un total de cinco trabajadores y dos becarios—. Así fue como fui a mi primera feria, junto a todo el equipo, donde mostramos nuestro pequeño juego de plataformas en el que el protagonista debía huir de un fantasma. Tras la convención, mis compañeros se marcharon y mi jefe y yo nos quedamos solos, rodeados de toda esa gente, pero solos. «Lo has hecho de diez», me susurró al oído mientras me rodeaba la cintura con su brazo tosco y posaba sus dedos ásperos sobre mi piel. «Ahora lo vamos a pasar bien tú y yo».
Hay algo que sucede cuando te acosan y te quedas paralizada: tanto en ese momento como durante mucho tiempo después, te preguntas «¿por qué lo hiciste?». Ese sentimiento de culpa que se instala en ti cada vez que ves a tu acosador, cada vez que recuerdas ese momento, cada vez que alguien —o tú misma— te toca donde él te tocó. Ahora, con el tiempo, he aprendido a no culparme por haberme quedado inmóvil. Sé que fue la forma en que mi cuerpo me protegió, y aunque admiraba a las chicas que le plantaban una bofetada a su acosador en esa misma situación, me di cuenta de que estaba desplazando la culpa hacia otras que, como yo, no pudieron o supieron reaccionar. Yo no fui capaz de clavarle ese tenedor que no dejaba de mirar. En ese instante, solo pensé en que ojalá todo acabara rápido, como en aquel videojuego que desarrollamos: alguien buscando la mínima brecha para escapar del fantasma que me tenía atrapada.
Me prometí que no volvería a permitir que algo así me ocurriera, y que si me encontraba de nuevo con ese engendro, le diría cuatro verdades. Pero no fue así.
Mi jefe dejó la empresa después de aquella noche, en la que, bajo la mesa, delante de todos pero sin que nadie se diera cuenta, empezó a tocarme los muslos hasta llegar a mis genitales. Pero, como imaginaréis, no se fue por ningún escándalo, sino porque le ofrecieron ser producer en una empresa más grande. A partir de ahí,
empezó a dar charlas y clases para quienes querían entrar en este sector tan bonito que es el de los videojuegos.
Y yo, mientras, seguía paralizada, igual que en esa mesa, rodeada de otros cinco hombres que no se percataban de lo que ocurría, trabajando como junior en una empresa donde ni siquiera quería estar, con un proyecto que me provocaba malestar cada vez que veía una línea de código relacionada con ese fantasma. Hasta que, cuatro años después, acabé en la misma convención, con el mismo equipo, pero con el proyecto terminado.
Cada vez que alguien veía nuestro juego en las ferias, preguntaba por nuestro exjefe, y nosotros respondíamos educadamente que ya no trabajábamos con él. Aun así, el juego quedó ligado a su nombre y su cara, igual que yo asocio los vómitos y la angustia de estos años a él. ¿Pero qué podía hacer? ¿Abandonar el proyecto y dar bandazos en una industria tan pequeña y hostil —más aún si no eres un hombre blanco, cisgénero y hetero? Porque si cumples esos requisitos, da igual. Tarde o temprano encontrarás tu sitio en este nicho. No importa si te duchas cada tres días, si no te lavas los dientes, si quedaste mal con otro estudio o te peleaste con alguien. Siempre habrá un hueco para ti. Incluso si vas por ahí acosando a la gente. Incluso así.
Me quedé en el equipo porque el proyecto también era mío. Porque fui yo quien trabajó en ese código durante meses hasta pulirlo. Yo quien acudió a esas convenciones, año tras año, buscando patrocinadores y publishers. Me quedé porque, si me iba, mi acosador ganaría esa batalla: la de expulsarme del sector en el que quiero trabajar, la de borrar las noches en vela, la del reconocimiento. Para él, solo fui unas tetas y unos muslos que tocar una noche hace cuatro años, fingiendo que estaba demasiado borracho. Para mí, se convirtió en el villano, no solo de mi vida, sino de lo que quiero para esta industria.
Por eso me duele verlo aquí, en la fiesta de clausura, en una mesa rodeado de otros cinco hombres y lo que intuyo que es su nueva becaria. Mis compañeros me contaron que, mientras yo comía, pasó por nuestro stand para ver «cómo había evolucionado su juego». Supongo que le rieron las gracias y se marchó altivo, como siempre hace cuando ve algo que considera inferior. De toda la fiesta, no puedo apartar la mirada de esa mesa. Es como si algo me atrajera: un impulso, una rabia, las ganas de soltar todo lo que he callado durante estos cuatro años.
Mientras dudo si hacerlo o no, veo la chispa que lo desencadena todo: el brazo izquierdo de mi acosador desaparece bajo la mesa, y la expresión de la chica a su lado cambia.
Me acerco con una rabia inmensa, con la furia de mil demonios, con todo lo que nuestro protagonista aprendió para luchar contra ese fantasma, y me planto frente a él. «¿Quieres algo, bonita?», dice.
El tenedor se hunde rápidamente en uno de sus ojos, salpicando la mano de la becaria, que era quien lo empuñaba después de cogerlo de la -ya no tan- blanca e impoluta mesa. «No tocarás a ninguna más, violador de mierda», dice, clavándole aún más el cubierto. «No nos tocarás».
Los hombres de la mesa se quedan paralizados, como yo hace cuatro años, mientras varias chicas y chiques se acercan. «¿Necesitas ayuda?», pregunta una. «No estás sola», añade otre. Todas las mujeres y personas no binarias que rodean la mesa llevan el tenedor de su mesa en la mano.
Supongo que así es como acabaremos con todos los fantasmas.

