Relato escrito por Mafer Eris Sánchez
Ilustrado por Belén Casas
Historial de internet
―Vuelve a explicar ―pidió aquel hombre en la lugubrés de la sala, con un puro en la boca y los ojos fijos en ella―. ¿Cómo inicio todo? ¿Cómo es eso del videojuego que te llevó a él?
El vibrato del cello y los truenos de aquella noche en que firmó su contrato con el destino resonaron en los recuerdos de la joven. Era aún más joven cuando llenó aquel formulario y apretó el botón de aceptar en la aplicación. Miró al extraño un momento; llevaba el rostro escondido bajo el Fedora, iluminado apenas con cada respiro que hacía a la punta del puro prenderse.
―Mi historial de búsqueda ―replicó ella, distinguiendo el sonido de la lluvia más allá de aquel cuarto.
El sonido de las gotas le recordaban al concerto al que la había llevado la primera noche que salieron. Él ya sabía que a ella le gustaba aquello: Elgar, con esa pieza que priorizaba el cello sobre el piano. Ella fue el cello y él fue el piano desde entonces.
―¡¿Cómo conociste a Ranmaru Crawford?!
La respuesta no era tan elegante como los dedos de un cellista contra las cuerdas del instrumento, ni tan solemne como los dedos de él, de Ranmaru, sobre el samisén en las noches de lluvia cuando la acompañaba en la madrugada y ella escribía.
―Ya les dije ―habló la joven―. Lo conocí afuera del teatro, entre la lluvia, gracias a mi historial de búsqueda.
El hombre del Fedora resopló, rodeándose de humo. ¿Cómo llegar a algo con aquella mujer? Su jefe quería respuestas, resultados y él estaba atorado, como un silencio de cuatro tiempos al final de una secuencia de notas rápidas, disonantes. Como una composición de Wagner, sólo que él no había encontrado aún el compás de resolución y, cada vez que la mujer hablaba, regresaba al último compás: un silencio de cuatro tiempos.
Éste se quebró con el interludio de golpes en la puerta, irregulares. La chica los midió. Fueron corcheas para ella, forte, luego tres negras, en staccato, pero no eran del cello, ni de un piano. La forma en que Ranmaru tocaba las puertas sonaba siempre al bajo del piano; la clave de fa: un sí bemol. Era un extraño el que tocaba la puerta como si fuese un triángulo.
Una mujer, pensó la prisionera de aquella habitación. El hombre del puro abrió la puerta y recibió de manos de la extraña con manos de triángulo un recorte de periódico, mismo que leía:
¿Cansado de buscar a tu alma gemela en lugares incorrectos y aburridos? ¡Tenemos la solución!
En este mundo moderno, donde la tecnología ha comenzado a reinar sobre las vidas de muchos, el territorio del amor es difícil de conquistar. ¿Cuántas citas arregladas por aplicaciones no son un fracaso total? ¿Cuántos no mienten en sus perfiles? Si lo que quieres es encontrar a tu alma gemela y que ésta no mienta, así como sea realmente compatible contigo, ¡nosotros hemos creado la solución! SoulBind Adventures es la respuesta que buscas.
En sólo un click, basado en tu historial de búsqueda de la web, tendrás una lista de potenciales parejas perfectas para completar misiones creadas a la preferencia de ambos en un entorno virtual que, si así lo decides puedes convertir en una aventura real. Sin falsedad, sin peligros: ¿qué hay más personal que el historial de búsqueda?
Ella, la prisionera, oyó entre la lluvia la escala en Re Menor en descenso que estaba escuchando la noche en que leyó aquel anuncio en el periódico, mientras revisaba el formato de un periódico para completar su último cuento. Las escalas en menores siempre la hacían sentir sola, vulnerable, así que detuvo lo que estaba haciendo, se sirvió un café y buscó la aplicación en su celular con suma curiosidad.
Los datos personales que se pedían eran pocos:
Nombre: Evgenia
Edad: 19
Nacionalidad: Ruso-inglesa.
Apretó el botón de iniciar, permitiéndole al juego comparar su historial de búsqueda con el de otras personas en el área, aunque Evgenia no tenía idea de a quién podría encontrar en aquella ciudad de Irlanda del Norte llena de conflictos, como una pieza de Wagner, con la furia de mil violines y el resonar de los truenos constantes como tambores de guerra.
Segundos, ni siquiera una semicorchea, y el nombre de él apareció como posibilidad: Ranmaru.
La lluvia no dejó de caer esa noche, mientras tímidos mensajes se intercambiaron, como las primeras notas de un nocturno, el cual acompañó la pequeña misión de conquistar una ciudad. Las siguientes aventuras fueron acompañadas de melodías ligeras; luchar contra dragones, robar un banco, recuperar un tesoro de las manos de un grupo delictivo. Luego llegó una sonata, conforme las misiones usaban sus características más obscuras; ser mercenarios en Roma renacentista; imponer un imperio de crimen en Nueva York. Así siguió hasta que llegó el momento de una aventura real: verse bajo las luces de la Gran Casa de la Opera, ante lo cual la relación se volvió el concerto 85 de Elgar.
Ambos compartían nacionalidad con otro país lejano, aunque habían nacido bajo las estrellas inglesas de la tierra en disputa donde vivían. Sus historiales y juegos eran rojos, como la brea para el arco de un cello y sus conversaciones obscuras, volátiles.
―¿Entonces, si, metafóricamente, tuvieras que matar a alguien sin que nadie lo sepa, qué harías? ―preguntó él al final de la primera cita.
El historial de búsqueda de ambos incluía varias noches de desvelo buscando formas de asesinato; traducido a una de sus muchas aventuras virtuales.
―Una inyección de aire entre los dedos del pie; parece un ataque cardiaco ―respondió ella, recordando la escena de la primera novela corta que había escrito, donde la protagonista asesinaba a su padre de esa forma, con la música de Yo-yo Ma en el radio; el cello de Ma.
Él jamás especificó su trabajo, pero Evgenia no lo tomó demasiado en serio, pues alguien con aquellos dedos suaves para tocar la intensidad de las notas de un piano y jugar con los sonidos de las estrellas en el samisén no podía ser malo. Luego, era un experto hacedor de espadas japonesas gracias a su abuelo paterno. Las noches que pasaban juntos ya no requerían de las distracciones virtuales, pues nada se comparaba con las misiones auto-impuestas por la ciudad que realizaban. La vida era un videojuego y un concierto. Él la tocaba como si fuese las teclas de un piano, ella la hacía vibrar como las cuerdas de su cello, y ambos se afilaban y pulían la vida del otro como si fuese una espada. Así, ella planteó una teoría una noche, mientras ambos veían la luna desde el balcón de la casa.
―¿Sabías? Si usases la sangre de 600 hombres podrías hacer una espada con el hierro.
Él la escuchó como a una pieza intrincada de Bach.
―¿Cómo puedes estar segura? ―preguntó él.
Evgenia sonrió con misterio.
―Lo investigué. Supongo que eso nos unió también; la búsqueda sobre espadas ―contestó―. Es algo que no puedo probar. También leí que se pueden usar los huesos para endurecer el metal y hacerlo menos propenso a tener hendiduras, así como se puede templar la espada con más sangre. ¿No sería estupendo? ¡Una espada forjada, literalmente, con la sangre de tus enemigos?
Ranmaru la besó tras aquello como si hubiese recitado un secreto del mundo, y la lluvia se unió al estruendo del cello y el piano durante toda la noche. Era el mismo ritmo de tambores de guerra que la lluvia tenía en la lejanía de aquel cuarto donde Evgenia estaba encerrada, observando al hombre del Fedora acabar su puro. Llegarían al punto álgido del concerto si la lluvia seguía resonando contra los cristales cubiertos con densa pintura negra; una nueva misión.
―Me regaló una espada la última vez que lo vi ―anunció ella, en cuanto el extraño levantó los ojos ensombrecidos por el sombrero.
El interrogador no supo como interpretar aquel motivo. ¿Qué parte tenía en la ópera de Wagner? ¿Jugaba acaso con él?
―¿Sabías que es sobrino de Hanzō? ―indagó el hombre―. ¿Cómo terminó una niña emparejada con el heredero a un imperio de sangre?
¿No se lo había dicho el artículo de periódico?
―Mi historial de búsqueda, ¿no lo descifró ya? ―devolvió Evgenia―. Soy escritora. Escribo sobre la Yakuza y la Mafia Rusa en muchas ocasiones. Y a los dos nos gusta escuchar a Elgar.
¿Elgar? El compositor inglés no pensó jamás en unir dos almas tan diferentes y a la vez tan similares con sus notas.
―¿Dónde está? ―Esa era la solución al acorde disonante en la pieza que necesitaba el hombre del puro.
La lluvia lo sabía, Evgenia lo sabía, pero era un compás al que todavía no debían llegar: faltaba un estribillo de intensidad y una desviación en la trama.
―¿Sabes a cuantos hombres ha matado? ―presionó el interrogador―. ¿Lo supiste siempre?
―No, no siempre, el olor de la sangre y el acero de una espada es igual. Pero sé que han sido muchos sus muertos ―replicó ella suavemente―. Aunque ustedes también han matado.
La pieza de Wagner y su nueva aventura había iniciado como Tristán e Isolda, pero, en realidad, era el Anillo de los Nibelungos, llena de fuerza, de sangre, de guerra. Solamente, la guerra que se llevaba a cabo era entre sombras y las piezas en el tablero eran todas negras por los pecados que llevaban encima.
Inició todo con los intentos de liberación de la ciudad y sus tormentosos violines que clamaban a los cielos por un cambio. Con su plegaria, llamaron también a demonios que se instalaron en equinas contrarias del campo de batalla con una sola meta en mente: controlar la obscuridad. Los tentáculos de demonios rusos, como el abuelo de Evgenia, así como de monstruos japoneses, como el tío de Ranmaru, alcanzaron aquella ciudad buscando influenciar la tormenta a su favor y extender sus reinados de sangre. Ranmaru heredó Belfast de su tío y Evgenia sólo heredó el apego a las sombras y el amor a los monstruos, así como los dedos hábiles para el cello y cosas de aspecto manual.
La lluvia se detuvo un momento: un pasaje de silencios solamente cortados por compases enteros de octavos del bong del viento contra los cristales entintados: se acercaba el enfrentamiento; el solo del cello, y luego, vendría el acompañamiento del piano para endulzar los compases de notas frenéticas y severas, como el corazón de Evgenia anticipando el instante.
El último compás de silencio alcanzó su tiempo y ella comprobó el vibrato débil de las cuerdas vocales humanas, preguntándose si el arco de su cello podía hacerlas sonar mejor que aquella daga. Independientemente de ello, había añadido información a su investigación continua sobre armas, a pesar de éstas no ser útiles para hacer sonar una buena nota La en el cuello del hombre del puro. Sólo se necesitaban 100 vidas para hacer una daga y no 600.
El Fedora cayó descartado, con un Mi que se perdió en la lluvia, la cual remontó su poder y trajo consigo al piano. Éste sonó en la puerta, con un compás simple que Evgenia reconocía como acompañamiento a su solo de cello.
Ranmaru había iniciado su misión y tono de manera ascendente, dese la lejanía de la entrada de aquella casa que se volvió un salón de concierto, desperdiciando hierro que no se convertiría en espadas. Añadió fuerza a cada nota con cada paso hasta llegar a un fortísimo que se unió al vibrato del cello. La puerta entre ambos se abrió con un único silencio en la melodía que ambos tocaron esa noche y, al verse, los dos sonrieron. Habían ganado la partida y volvía a sonar el concerto de Elgar. Así sería hasta que se les acabaran las vidas y enmudeciera la música.

