Ilustración de Belén Casas
Suena Yann Tiersen – BSO Amélie. Sí, soy una intensa. Sí Amélie era neurodivergente y de este carro no me bajo.
¿A qué huele la infancia?
¿Cómo suena?
¿Tiene un sabor?
Para mí desde luego que sí, y Shin Chan: Nevado en Carbónpolis (h.a.n.d., 2024) ha sabido transportarme a sensaciones que están muy, pero que muy al fondo del armario de la María adulta. Porque, aunque me ría y juegue y lleve el hacer el bobo por bandera, las horas no se sienten igual en esta piel que en la de la María chiquita.
Mi infancia huele a mar, a suelo de piedra caliente, a plátano aplastado en la mochila porque nunca me lo comía en el recreo. Suena a música clásica, a flamenco, a niñes de fondo jugando en la piscina o a la pelota, a mi gata maullando en mi puerta, a “¿puede salir María a jugar?”. Y sabe a sopa de picadillo, sal y arena, a puré de patata y, como dije en los FOTY de Mixto con Juego de este año, a bocadillo de pan, chocolate y mantequilla.
No es tontería recordar estas cosas y, digamos, revivirlas un poco, sumergirnos. Mi infancia no ha sido ni buena ni mala, y desde luego que podría haber sido mejor, pero también mucho más horrible. Muchas veces, de adultes, pasamos el duelo de entender las carencias que hemos tenido, las cosas que se podrían haber hecho de otra forma pero “es que los padres son de otra generación”, las cosas que no han sido justas. Y darnos cuenta de esto es necesario para sanar, pero también hace que nos cueste un poco ver lo que sí estaba bien.
En Shin Chan: Nevado en Carbónpolis nos podemos ver reflejades en muchos momentos de los buenos, de los que se habían quedado escondidos en la memoria. Desde luego yo no tuve nunca la tranquilidad que tiene nuestro protagonista en el juego pero, por ejemplo, al igual que Shin Chan, sí que tenía vecinas (cosa que ahora con la gentrificación y los AirBnb pues… en fin…). En concreto, tenía una vecina que vivía justo enfrente, puerta con puerta, y que se venía a mi casa cuando mi madre salía a comprar y me dejaba sola. Yo siempre he sido muy asustona, así que, aunque mi madre me diese la advertencia de “no vayas a molestar a Rosi a su casa, que yo tardo nada en volver”, en cuanto ella salía por la puerta iba corriendo a buscar a esta señora, que se sentaba conmigo en el sofá y con la que jugaba a las cartas, veía la tele o lo que hiciera falta. Esto, en este videojuego, podría pasar perfectamente, y esa es la magia que tiene, que nos devuelve a un tiempo en el que las horas se dilataban, gran parte de nuestro tiempo era nuestro y lo podíamos compartir con la gente de nuestro alrededor, fomentando la creación de tejidos vecinales.
Con respecto a esto, Shin Chan aporta su granito de arena en esta red, pues se dedica a ayudar a la gente del pueblo donde está veraneando, llamado Akita. Pero no solo teje redes aquí, sino que podremos explorar otro escenario al que tiene acceso Shinnosuke (y que, por lo visto, nadie más conoce): Carbónpolis, una ciudad minera que, en contraste con el pueblo rural, está en unas condiciones pésimas.

EL CONTRASTE
Akira Nagashima, productor del videojuego, comenta en esta entrevista realizada en IGN:
“La temática que más tuvimos en cuenta para este trabajo fue «el contraste». Mientras que la vida moderna se ha vuelto más cómoda y racional gracias a los avances tecnológicos y los cambios ideológicos, hay una sensación de que hemos perdido algo importante de nuestro pasado.”
Conectar con el pasado (en este caso sería el pueblo) es muy importante para afrontar nuestro futuro (la vida en la ciudad), y esto lo podemos ver reflejado en cómo Shin Chan va resolviendo los problemas que se le presentan, necesitando los recursos encontrados en Akita para poder avanzar en Carbónpolis. La mecánica del juego es básicamente esta, conseguir los materiales necesarios para poder ayudar a los demás.
En el pueblo tendremos que cazar bichos, encontrar plantas y pescar para ayudar a una bióloga a completar su estudio de especies de la zona, además de para desbloquear lugares del mapa que están custodiados por les úniques niñes que hay en el pueblo. Literalmente les niñes se inventan juegos interactuando con su entorno, como cualquier chiquille del mundo real, y como hace un milenio que no hacemos les adultes. Además, les vecines (en general personas mayores) le encargan, como dirían en mi pueblo, “ir a por mandaos”. Por ejemplo, hay un abuelo que le pide ingredientes para hacer encurtidos rocambolescos, que así de entrada tienen pinta de que van a estar reguleros tirando a asquerosos, pero ¿puede haber algo más real para un niño que un abuelo haciendo “cosas raras”?
Cuando pasamos a Carbónpolis, basada en la extracción del mineral Sudorita, es cuando somos conscientes del contraste que hemos mencionado antes: hay personas hostiles con máscaras que no nos dejan acceder a sitios, y las personas que viven allí y tienen sus negocios están preocupadas y pasándolo regular. El gobernador de la ciudad, para sorpresa de nadie, no lo está haciendo demasiado bien; así que nuestro objetivo será ayudar a mejorar la ciudad y a su gente creando comunidad, hecho que ya traemos aprendido de Akita. Y no solo les ayudamos con los materiales encontrados alrededor de los edificios, con los que podremos realizar inventos, sino que necesitaremos de materiales del pueblo para poder crear recetas en el restaurante de la ciudad, sacarlo a flote y poner de mejor humor a la gente que trabaja y vive allí.

Cabe destacar que, cada vez que volvemos de Carbónpolis, Shin Chan aparece dormido en el porche de la casa. ¿Lo ha soñado todo? ¿Estaba jugando a ser un superhéroe y se ha quedado frito mientras lo hacía? Viniendo de un niño con tanta energía como él, no me extrañaría nada que, en un momento dado, quedase rendido y se echase una siesta en la sombrita, tan a gusto, en ese porche de casa de campo, con el sonido de las chicharras. Pensando en esto, se me ocurre que, quizás, nuestro protagonista aprende de la vida en Akita y transporta lo aprendido, en sus sueños, a un entorno con el que esté más familiarizado durante el año, un entorno más industrial, pudiendo dar rienda suelta a su sueño de ser Ultrahéroe, su personaje de serie de televisión favorito. Y digo si es un héroe nuestro Shinnosuke, de esos que no llevan capa.
LO QUE ME LLEVO
Dar cariño y ponerse en acción, esa es la lección que este héroe nos recuerda. Mediante la acción colectiva podemos mover montañas, aunque las reglas del juego cambien y nos tengamos que adaptar, y me parece una pasada que Shin Chan: Nevado en Carbónpolis, con un PEGI 3, pueda incluir esta lectura (y muchas otras que yo no estaré viendo) y mandarnos un abrazo tan calentito. No es que no esté acostumbrada a ver obras que, aun estando dirigidas a públicos infantiles, nos puedan sobrecoger (Steven Universe es una joya, si no la habéis visto pues, en fin, no sé qué estáis haciendo); es simplemente que no me lo esperaba y me ha llegado en el momento adecuado.
El equipo de h.a.n.d. ha sabido perfectamente cómo transmitir esta sensación de calorcito por medio del arte y de la forma de narrar que tiene. Los paisajes son preciosos y los usan a modo de transición para indicar el paso del tiempo, junto con imágenes de la vida cotidiana en familia: podremos ver amaneceres y atardeceres; desayunos y cenas en familia comentando los tejemanejes del pueblo; nuestres familiares vendrán a buscarnos cuando sea la hora de cenar; podremos compartir baño con nuestro padre y hermana; y nuestros padres vendrán a vernos cuando nos hayamos quedado dormides para decir eso de “qué boniques están cuando no hacen ruido”. Todo esto ayuda a la sensación de hogar y de rutina que nos hace mirar esas escenas como ventanitas, como cuando alguien mayor nos enseña un álbum de fotos que guarda con mucho mimo y en el que atesora momentos íntimos.
Además, con sus mecánicas pausadas y con sus horas muertas (literalmente yo he tenido días en los que no tenía que hacer nada más que pasearme haciendo el baile del culo), el juego nos escupe en la cara una pregunta: ¿hace cuánto que no tienes la sensación de que el tiempo pasa despacio? El tiempo no es solo lo que no estamos haciendo, también es lo que no tenemos que hacer. Podemos estar una hora mirando al techo pero sabemos que después tendremos que volver a la rutina y a los deberes, así que la sensación de que el tiempo se estira o el hecho de que podamos, directamente, olvidarnos de él, deja de existir. Hasta los descansos bien merecidos y necesarios que hacemos tienen que estar medidos. Por eso creo que es imprescindible lo que me ha permitido recordar Shin Chan: Nevado en Carbónpolis:
- Que mi tiempo sigue siendo mío aunque el capitalismo me diga lo contrario.
- Que puedo levantarme por la mañana e irme a echar una carrera de vagonetas (como podemos hacer en Carbónpolis), signifique eso lo que signifique.
- Que la vida comunitaria es un tesoro.
- Que es factible andar sin reloj de vez en cuando para poder salir del torbellino y, simplemente, habitar el mundo.


