World of Tanks: la despedida que no llega

Autora en un tanque
Imagen de cabecera realizada por Kat Libres Líos

 

Es viernes por la tarde. Aunque todavía es pronto, la luz natural ya se ha ido y el salón está iluminado con el fulgor cálido y tenue de una pequeña lámpara. Mi amiga Sabrina y yo estamos pensando en dónde me tatúo uno de sus dibujos. Tiradas en el sofá, nos ponemos a hablar de todo un poco mientras discurrimos y, por supuesto, acaba saliendo el tema de los videojuegos. 

No sé a raíz de qué, si me lo pregunta o se lo cuento por iniciativa propia (como suelo hacer con el 90% de las cosas en la vida), pero le comento que el juego de mi biblioteca de Steam al que más tiempo le he dedicado es The Witcher 3 (CD Projekt, 2015), con 146 horas de partida. Ella se sorprende y le explico que la mitad de ese tiempo me lo he pasado cabalgando por las diferentes zonas del mapa original y de los DLCs (el diseño de Toussaint es increíble), observando los paisajes, la vegetación, los cambios de luz y su reflejo en superficies como la armadura de Geralt y el agua de lagos, ríos y mares. Pensar en estos detalles me devuelve a las sensaciones del momento en el que lo estaba jugando, y me reafirmo en mi pasión por este medio y por todas las posibilidades que ofrece. De forma súbita, otra emoción empieza a interferir con mis recuerdos y la explicación que estoy dando. En voz baja y con una expresión entre avergonzada y divertida, le confieso a Sabrina que en realidad eso no es nada. Que hay otro juego que he llegado a desinstalar dos veces después de calcular el tiempo que le he dedicado. Un juego al que, por suerte o por desgracia, siempre vuelvo.

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Atardecer en Toussaint (The Witcher III). Fuente: propia

En un intento por describir la situación de la forma más exacta posible, me pongo a hacer los cálculos una vez más. Y, una vez más, me desconcierto al descubrir los resultados. En el momento en el que hablo con mi amiga, mi cuenta de World of Tanks (Wargaming, 2010) tiene 24.501 batallas. Cada partida puede ser de hasta 15 minutos, pero le ponemos unos 7’5 de promedio porque consumir todo el tiempo disponible es raro y morir al principio tampoco es frecuente. Sumamos los 30 segundos de espera al inicio de cada enfrentamiento. El resultado son 196.008 minutos, que a su vez se traducen en 3266 horas, lo que significa que me he pasado jugando a esto unos 136 días. Todo ello sin contar el tiempo que he destinado a modos de juego más allá de las batallas aleatorias, como las batallas por fortaleza,  las escaramuzas,  los eventos y las campañas. Tras esta estimación, Sabrina no sabe muy bien cómo mirarme y yo no sé muy bien cómo sentirme. Me echo las manos a la cabeza mientras me río y le digo, medio en broma medio en serio, que debería desinstalar el juego otra vez. Que además este año estoy jugando a otras cosas más originales y cortas (bienvenida al mundo de los indie, amiga), y eso es algo de lo que estoy orgullosa (spoiler: mientras escribo estas líneas no sólo no he desinstalado el juego, si no que me están entrando unas ganas enormes de abrirlo aún a sabiendas de que a los 30 minutos querré cerrarlo). También se me pasa por la cabeza que esas tres mil y pico horas son casi el 5% del total de 80.000 que la gente del movimiento de altruismo eficaz estima que invertimos en nuestras carreras a lo largo de nuestras vidas. Terrible. Con el propósito de darle un poco de sentido a la información que le acaba de llegar, Sabrina me pregunta cuánto tiempo llevo jugando a ese juego. Le digo que en torno a nueve años, y me sonríe y me dice que entonces no es tan grave.

Según una página web en la que puedes ver tus estadísticas de juego (y las mías son de lo más mediocres a pesar de haber invertido más tiempo en esto que en la mayoría de mis hobbies, que es lo peor de todo) mi cuenta fue creada el 1 de junio de 2013, así que mi respuesta no iba desencaminada. Pero no puedo dejar de pensar que la de Sabrina también era totalmente errónea. ¿Cómo que no es tan grave?¿En qué momento una chavala se pasa nueve años jugando a un multijugador masivo sin más hilo argumental que unas batallas protagonizadas por tanques del siglo XX? Por supuesto, todo el mundo es libre para escoger sus aficiones, e ir en contra de lo socialmente establecido siempre es un buen detalle. Sin embargo, para alguien con una identidad como la mía hay pocas comunidades aparentemente más hostiles que esta en el mundo de los MMO. De acuerdo con el CEO de Wargaming, Victor Kislyi, casi la totalidad de la audiencia de World of Tanks son hombres de veinticinco años en adelante, con una predominancia de aquellos que tienen de cuarenta para arriba. Se trata de padres de familia y hombres solteros con trabajo, algo de dinero y poco tiempo que buscan un pasatiempo fácil, algo que les permita disfrutar con un estilo de juego más lento que el de otros shooters. Hombres que, en cuanto tal, generalmente se ven más atraídos que las mujeres por la temática bélica, la estrategia en tiempo real,  el mundo de motor y los videojuegos competitivos. Y, de repente, ahí estoy yo: una mujer en sus veintipico, bisexual, vegana, precaria, más bien tirando a hipersensible, y una ristra de adjetivos que no me voy a molestar en añadir. La antítesis de la audiencia objetiva, vaya. Un fenómeno que sorprendería a Víctor Kislyi, pero que tampoco se molestaría en estudiar porque hacer que World of Tanks resulte más atractivo para las mujeres es algo que no le preocupa lo más mínimo.

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Tanque medio francés Bat.-Châtillon 25 t. Fuente: propia

Más allá de consideraciones éticas, lo cierto es que la tranquilidad del CEO de Wargaming es comprensible. El éxito de este free to play de estética fotorrealista (algo de lo que nunca he podido llegar a disfrutar porque mi ordenador da para lo que da; quizá si tuviese un mejor equipo y una mejor conexión a internet las 24.501 batallas serían el doble) es incuestionable: tras más de diez años y con 160 millones de usuarios registrados a sus espaldas, World of Tanks todavía reúne a alrededor de 200.000 usuarios al día en sus diferentes servidores. Además, el juego ha cosechado cuatro galardones Golden Joystick desde su lanzamiento, incluyendo el premio “Aún Jugado” en 2017 y 2018, siendo el primer juego de la historia en ganar dicho galardón durante dos años consecutivos. Incluso ha llegado a establecer varios Récord Guinness, como el récord de mayor número de jugadores activos en un mismo servidor de un multijugador online con 190.541 usuarios. Pero la cantidad de jugadores no es lo único que avala a este título: la calidad de los mismos también es fundamental. Al fin y al cabo, que el grueso de la audiencia de un determinado producto sean personas con dinero y con libertad para gastarlo suele ser sinónimo de ingresos. Y el caso de World of Tanks no es una excepción. A día de hoy, multitud de jugadores activos invierten sus ingresos en microtransacciones de artículos que van desde los 2.5€ a los 100€ en la tienda premium, o en campañas especiales como las lootboxes que Wargaming implementa todos los años por Navidad.

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Milla Jovovich, parte del evento de Navidad de 2023. Fuente: propia

Sin lugar a dudas, World of Tanks es uno de entre tantos MMO diseñados para generar adicción por medio de elementos que Ian Bogost ya criticó en su sátira Cow Clicker hace más de diez años. Pero, aún así, lo cierto es que ni mi experiencia particular ni la de muchas de las personas que juegan a esto cada día se pueden definir en cifras. Tras casi una década jugando a World of Tanks, el principal motivo que me devuelve una y otra vez al botón de inicio del launcher son algunas de las relaciones que he construido gracias a este juego. Quizá, incluso, las que me hicieron llegar a él: todo está entretejido en un tapiz que mezcla familiaridad, diversión y nostalgia. Y aunque han existido momentos de incomodidad debido a las diferencias entre mi forma de pensar y la de muchos de los jugadores que me he ido encontrando, esto es algo que también he llegado a valorar, ya que este título se ha convertido en una especie de puente entre mi realidad y otras realidades diametralmente opuestas. Algo que, en el seno de una sociedad en la que la mayoría de la gente acaba pasando tiempo y relacionándose con personas que parecen una extensión de sí mismes, puede llegar a ser todo un reto. Por supuesto, no seré yo quien critique la creación de espacios seguros para todo tipo de personas ni la decisión de existir dentro de ellos. Pero no puedo dejar de pensar que quienes tenemos unas circunstancias que nos permiten relacionarnos y compartir experiencias fuera de nuestra zona de confort con mayor facilidad que otres deberíamos aprovecharlas, ya que puede ser el germen de todo un proceso de aprendizaje y de mejora para todas las partes implicadas en la conversación. Incluso, en ocasiones, puede ser el comienzo de vínculos tan valiosos como inesperados. Amistades que llegan a estar más presentes para lo bueno y para lo malo que aquellas que tienen la posibilidad de acompañarte a tomar un café cada tres días.

Nueve años después de aquella tarde de verano en la que mi ex novio me enseñó un juego absurdo en el despacho de la casa de sus padres, me descubro escribiendo sobre algo en lo que jamás habría invertido un ápice de mi tiempo si no fuese por su intervención. 136 días, para ser exacta. Algo por lo que no sé muy bien si odiarle o agradecerle. Y del mismo modo en que las locutoras de Deforme Semanal terminan hablando sobre el amor cada vez que se proponen hablar sobre cualquier otro tema, me encuentro a mí misma hablando sobre personas cuando, en teoría, debería estar analizando y criticando cualquier otra cuestión relacionada con este juego. Pero supongo que, al final, los tanques son lo de menos. Lo que importa es la compañía. O quizá eso es lo que quiero creer, en un nuevo intento de romper con World of Tanks que consiste en saltarme el paso de dejarlo desinstalarlo para ir directamente a la fase en la que tan sólo recuerdo los buenos momentos de una relación que ha llegado a su fin. Quién sabe. A lo mejor esta nueva estrategia me ayuda a resistir la tentación de volver una y otra vez al mismo campo de batalla. Y la verdad es que eso espero, porque me daría muchísima vergüenza tener que hacer más cálculos con Sabrina la próxima vez que nos veamos.

Sara Abernathy

Graduada en Filosofía especializada en Filosofía Política y doctoranda en Comunicación. Llevo complicándome la vida desde el 93 y jugando a videojuegos desde los 2000. Si no exploro todo el mapa y no recojo todo el loot en un juego no puedo dormir tranquila.

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