Jugar con ilusión / Jugar con desasosiego

Ilustración de cabecera realizada por Barlert.

Ilusión
1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.
4. f. Ret. Ironía viva y picante.

Desasosiego
1. m. Falta de quietud, tranquilidad, serenidad.

¿Por qué empezar esta columna citando al diccionario hegemónico que no voy a nombrar porque en esta casa, cuando nos interesa, nos lo pasamos por el arco? ¿Por qué aclarar el significado de dos términos que no necesitan apenas explicación porque, por lo general, todas los asumimos en el contexto de la frase y no necesitamos descifrar hasta la raíz su significado?

En otros escenarios, es difícil que se dé el caso de hilar la ilusión con el desasosiego. Sí, ilusionarse puede conllevar un atisbo de intranquilidad, pero aquí hablamos de otro tipo de presión. Hablamos de hacer algo porque creemos que tenemos que hacerlo, rápido, sin entretenernos, en lugar de hacerlo porque de veras nos apetece disfrutar de lo que estamos eligiendo. Esta carrera –siempre agotadora– comienza a ser una práctica habitual en la cultura, un campo en el que los spoilers, o destripamientos de la trama si nos ponemos consideradas con los términos, azotan cada nuevo lanzamiento vehiculados siempre por las redes sociales y su red de arrastre (¿os suena el clickbait?).

En este sentido, me considero una persona afortunada. Por un lado, no sé qué clase de conjuros conseguí lanzar a mis perfiles de redes sociales, pero hace muchísimos meses que no me sorprende un spoiler no deseado. Por otro, y ya centrándome en el videojuego, nunca he sentido ningún interés en jugarme las últimas novedades para no quedarme fuera (la precariedad es buena aliada para esto, además) y quien me conoce bien sabe que las novedades de los Triple A no me suelen generar ninguna apetencia.

Febrero de 2022: las redes explotan

Hace tiempo que le doy vueltas a este asunto, pero hubo un detonante clave para querer sacar adelante esta reflexión. La última semana de febrero las redes sociales de la mayor parte de la comunidad de aficionadas a los videojuegos echaban humo por un nombre y apellido de sobras conocido por todas a estas alturas (lo hayamos querido o no): Elden Ring. Podría decirse que había resultado imposible permanecer indiferente a la esperadísima nueva obra de Hidetaka Miyazaki, máxime cuando suponía una colaboración con el novelista George R. R. Martin. Por no irnos más lejos, era un título coreado casi en cualquier episodio de El Tintero de Terebi, aunque eso supusiera siempre el silencio de alguna de las participantes. El 25 de febrero de 2022 estaba grabado a fuego en los calendarios de miles de jugadoras, y las brasas se iban encendiendo con emoción conforme iban apareciendo reseñas de prensa y fotografías de las afortunadas que se habían podido hacer con el título unas horas antes de lo estipulado.

Ahora es cuando debería escribir que no se podría leer otro tipo de contenido en mi timeline de Twitter, pero lo cierto es que, de una manera que ha quedado unida en mi memoria a este acontecimiento inevitablemente, otra fecha había irrumpido en la opinión de gran parte del planeta esa semana. El 24 de febrero de 2022 las tropas rusas invadían Ucrania, dando comienzo a un conflicto que sigue encendido más de cuatro meses y medio después.

¿Por qué unir estos dos hechos? ¿Por qué traer la bajona del mundo real a las ilusiones que nos puede brindar la cultura y el mundo virtual? Para mí, leer de manera simultánea reacciones a ambas fechas fue un revulsivo incómodo. No quiero expresar que no tengamos derecho a disfrutar de lo que queramos disfrutar, pero recuerdo leer comentarios como que gracias a la cultura (entendida esta como el lanzamiento del juego de FromSoftware) podíamos evadirnos de lo que estaba sucediendo en Ucrania. No sé. Me chocó. Comprendo la justificación del fanatismo macerado mes a mes pero, ¿qué necesidad de asentarla sobre un asunto así? Supongo que sencillamente mi mirada se afiló y estuvo más atenta a las maldiciones porque la gente estaba trabajando y no podía ir a recoger el juego mientras el resto ya lo estaba gozando, las apuestas sobre cuántos días iban a estar encerradas esas personas y los memes que empezaban a correr como la pólvora.

El verdadero monstruo: el FOMO

No es ninguna novedad; las redes sociales han hecho crecer el archiconocido FOMO o Fear of Missing Out (“miedo a perderse algo”). No todas las personas que hablaban de Elden Ring iban a jugarlo pero aun así el sentimiento de formar parte de una conversación, a mi juicio, descabellada crecía cada día. Personas que conozco silenciaron palabras clave en sus redes ya no por miedo a los spoilers sino por puro agotamiento. Ausentarse de una experiencia por la que muchas personas están sintiendo ilusión nos puede llevar al desasosiego de diferentes formas. Ese desasosiego en ocasiones desencadena en ponernos a los mandos sin que de verdad tengamos ganas de hacerlo, sintiéndonos obligadas. Y, la verdad, me parece una lástima.

Vivimos rodeadas de responsabilidades y de experiencias desagradables que a veces no buscamos pero nos explotan en la cara sin que podamos evitarlo. Por eso mismo, ¿no debería ser jugar un motivo para sentirnos bien, sin que debamos justificarlo echando mano de conflictos reales que están sucediendo mientras queremos pasarnos 15 horas seguidas delante de nuestra consola? ¿O sin obligarnos a hacer algo que no nos encaja del todo bien por miedo a quedarnos fuera del respaldo social? ¿No debería ser una fuente de ilusión?

Hace poco leía a alguien que decía que ya había suficientes cosas malas en el planeta y por eso instaba a centrarnos en los pequeños detalles que nos pueden hacer bien. No quiero convertir esta divagación en un alegato por la libertad de disfrute, porque ojalá darla por sentado siempre. Pero si jugar en nuestro tiempo libre, en teoría, es una experiencia placentera… ¿por qué convertirla en una carga?

Elena Cortes Alonso

Un día me puse enferma y no pude ir al cole, así que enchufé la Playstation de mi hermano y me enganché a Crash Bandicoot. Desde entonces soy adicta a las historias que cuentan los videojuegos. Y a la escritura, al cine, a viajar, a todo aquello que se geste en las calles, y al katsudon.

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