World of Warcraft Classic – Cualquier tiempo pasado…

Ilustración de cabecera realizada por Irene Santos.

 

No sé vosotros, pero a veces lo que menos me apetece cuando me pongo delante de la consola, o del ordenador, es enfrentarme a nuevos universos de los que no tengo más referencia que lo que otros hayan dicho. A veces, simplemente, quiero evadirme en mi comfort zone videojueguil y pasear por paisajes conocidos. 

Aunque siempre he sido de las de volver a tiempos pasados que recuerdo mejores (será por falta de ejemplos en esta misma página), lo cierto es que desde que el Bicho empezó a condicionar nuestras vidas, este deseo/necesidad ha ido a más. Ya hablé de ello en alguno de nuestros maravillosos podcasts, pero hasta que me puse a pensar en mi próximo artículo no me di cuenta de hasta qué punto World of Warcraft Classic se ha convertido en mi Juego del Año en 2021. En total, con mis tres personajes principales, le he dedicado un total de 22 días, 3 horas y 38 minutos. Más de 530 horas de mi año dedicadas al mismo juego. Incluso si sólo tomamos como referencia el personaje con el que más tiempo he jugado serían más de 168 horas de contenido disfrutado. 

Todo empezó como una forma de reconectar con un grupo de amigos a los que la pandemia me estaba impidiendo ver. Gente con la que ya había jugado en su momento, que habían vuelto y habían animado a nuevos jugadores, en parte obligados por la necesidad de encontrar entretenimiento dentro de casa. Empezó como empiezan muchas de las cosas que hacemos por nuestros amigos, como un experimento, como algo que no te disgusta, pero tampoco te emociona. Y, sin embargo, algo pasó una vez que mi querida elfa druida y yo nos reencontramos.

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Por supuesto que la versión retail (la que incorpora las últimas expansiones y parches) tiene mejores gráficos, pero redescubrir la belleza de Darnassus, acompañando además a quien no la había visto nunca, despertó en mí la nostalgia. Pero no sólo eso, sino también el espectacular trabajo que realizaron los desarrolladores en su momento: las elecciones gráficas, el cuidado por los detalles. Por supuesto también que en retail gozamos de opciones que hacen la vida más fácil, como la capacidad de cambiar especializaciones, o una economía que te permite tener los distintos niveles de monturas sin necesidad de esperar. Y, sin embargo, ir caminando a los sitios le añadía un punto de diversión al juego. Y la sensación de logro y de orgullo cuando te subes a tu primer tigre, o caballo, es inigualable. 

Redescubrir las zonas, volver a pasar apuros matando a Hogger, tener que realizar interminables cadenas de quests para acceder a instancias o facciones. Cruzar de nuevo el Portal Oscuro sabiendo que al otro lado te esperan mil muertes. Ir recordando poco a poco la historia, las dificultades, lo que te divertía de un juego que casi habías olvidado porque ya no era el mismo. El estrés de ir de healer en una heroica casi sin equipo, las risas cada vez que el tanque hace un pull que sale mal, las promesas de venganza que lanzas contra un NPC a la quinta vez que te mata, y volver, diez niveles después, para matarle una y otra vez (ayudando a personajes de nivel más bajo a terminar sus misiones en el proceso). Volver a emocionarte por conseguir ciertos hechizos que, ahora, casi no usas pero que en su momento (y ahora) son fundamentales.

Pero también, descubrir nuevos trucos, zonas de pesca que te ayudan a ganar dinero y que ignoraste la primera vez, nuevas facciones a las que no prestaste atención porque en su momento estabas muy ocupada equipándote para enfrentarte a Illidan Stormrage. Jugar con nuevas clases, nuevas razas, preocuparte mucho de seleccionar bien las opciones de apariencia porque sabes que son permanentes (de momento). Recordar que “no estás preparado” porque tu cerebro va una y otra vez a las opciones que aún no existen y es como si empezaras de cero. 

WoW Classic: anuncio del tráiler de The Burning Crusade

Sin embargo, y aunque todas estas cosas están geniales, y te ayudan a evadirte y enamorarte otra vez de un juego, no ha sido lo que más había echado de menos, incluso son ser consciente de ello. World of Warcraft Classic, ahora The Burning Crusade Classic, me ha devuelto la sensación de comunidad, la pertenencia a algo más grande que yo. Tener un guild, ir a instancias juntos, mirar a Karazhan y planear cómo enfrentarnos a Moroes juntos. Reírnos en el chat, animarnos unos a otros, pedir ayuda y saber que la tendrás, intercambiar objetos, comida, risas. Eso ha sido lo mejor.

Y no sólo en tu propio guild, claro. Ayudar a perfectos desconocidos a terminar sus misiones, a enfrentarse a bichos con los que solos no podrían, turnarse con un horda para completar una misión, repartiendo los NPCs con los que hay que acabar y echándose una mano cuando las cosas se ponen difíciles y, en vez de atraer a uno atraes al poblado entero. En Navidades, por ejemplo, en el servidor en el que jugamos, una jugadora decidió, durante unos días, unirse al espíritu festivo y de generosidad y organizó una entrega de regalos en la ciudad de Shattrath. Paquetes envueltos que podían contener cualquier cosa, desde un objeto verde a uno morado, entregados aleatoriamente a las decenas de personajes que, cada día, guardaban cola ordenadamente en el centro de la ciudad. Porque sí, porque era divertido, porque estaba en consonancia con el espíritu del momento. Porque todos necesitábamos una muestra de cariño y generosidad después de dos años malditos. En mi guild, por supuesto, hemos decidido colaborar el año que viene como podamos, y ya hay planes para ir a saquear instancias y mobs que nos puedan dar objetos que regalar el año que viene.

Otro ejemplo, hace unos días, también en el círculo interior de Shattrath, un montón de jugadores de la Horda estaban haciendo un trenecito. ¿El motivo? Ni idea, los que habéis jugado sabéis lo difícil que es comunicarse con alguien de otra facción, pero a mis amigos y a mí nos pareció divertido, y nos unimos sin complejos. No tardaron en hacernos hueco, y así pasamos un par de minutos, dando vueltas alrededor de A’dal, divirtiéndonos sin más propósito que reírnos un rato. 

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Por supuesto, no todo son unicornios y arcoíris y aún te encuentras con algunos personajillos con comportamientos tóxicos. Pero son los menos. Y, más de una vez, no quedan impunes cuando dicen algo desafortunado, ya que son sus propios compañeros los que les increpan y afean sus conductas. Incluso sin esas llamadas de atención, lo cierto es que esas pocas manzanas pochas no han echado a perder el cesto entero. Siguen siendo más los que están dispuestos a ayudar, a admitirte en un grupo, a unirse a ti en la matanza de un poblado murloc. 

Desde que volví a Azeroth, he pasado más de 22 días en sus montañas, ciudades y ríos. He volado de un lado a otro en busca de peces, materiales, objetos de quest. Me he reencontrado con amigos y he conocido gente nueva con la que reírme y pasar el tiempo. Me he divertido y desesperado. He triunfado y he fracasado, a veces estrepitosamente. Me he evadido y he recuperado una parte de mí que creía perdida. Pero, sobre todo, he recuperado un juego que ha sido muy importante en mi vida (si no el más importante).  Y he vuelto a sentir la emoción de gritar “For Azeroth! For the Alliance!”.

María Martín

Licenciada en Periodismo, llevo juntando letras desde que tengo uso de razón, y ganándome la vida con ello desde hace unos 20 años. Jugadora desde los años del Commodore 64, le debo todo lo que sé a Sierra Entertainment y LucasArts. Lectora empedernida y consumidora incansable de series y de cine, me desestreso con los shooters, adoro las aventuras gráficas y he dedicado cientos de horas a seguir siendo igual de desastre con los plataformas que cuando empecé. Si no me ves en la vida real será porque esté paseando por Azeroth con mi elfa druida.

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