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Ori, jugando con mi corazón desde 2018
María Martín

Ori, jugando con mi corazón desde 2018

Ilustración de cabecera realizada por Pelusa Orbital.

 

Todos tenemos en nuestro haber títulos de esos que te dejan tocado de muy mala manera. Algunos lo hacen por su historia, otros por su música y, últimamente, gran parte -por aquello de cómo ha evolucionado todo el aspecto técnico de los videojuegos- lo hacen en el aspecto gráfico. Pocos, muy pocos, lo hacen por todo a la vez. O igual solo me pasa a mí y vosotros sois de los que se enamoran de un juego en su totalidad al mes. Si es así, quiero los títulos, claro.

Como iba diciendo, puedo contar con los dedos de una mano, y me sobran dedos, los videojuegos que me han enamorado en su totalidad. Y de entre ellos destaca muy por delante Ori and the Blind Forest (Moon Studios, 2015). Lo probé más de casualidad que otra cosa (me llamó la atención la estética un día que andaba a la caza y captura en Steam) y no me defraudó ni uno solo segundo. Lo recomendé a diestro y siniestro y todo aquel que me hizo caso me escribía para decirme lo difícil que era en ocasiones y lo muchísimo que les estaba gustando. Ori and the Blind Forest era la mezcla perfecta de narrativa, emoción, atención al detalle y jugabilidad. Fue el estreno de Moon Studios, y lo hicieron a lo grande.

Por eso, cuando hace unos años anunciaron que habría continuación, no cabía en mí de gozo. Recuerdo ir con unos amigos a la Madrid Games Week y hacer cola para probar la demo. La emoción que sentí al coger un mando y volver a encarnar a Ori, incluso si era con público delante y sabiendo que iba a ser un pato mareado (de mi miedo escénico hablaremos otro día). Aquella demo no duraba más de 5 minutos, no contaba nada de la historia, era un simple gameplay y, sin embargo, hizo que mi ansiedad por jugarlo cuanto antes subiera unos 100 puntos en la escala. 

La fecha de lanzamiento se fue retrasando y yo solo temía que Ori and the Will of the Wisps acabara por ser uno de esos juegos que acaban abandonados. Pero mi temor era infundado. En marzo de 2020 Ori volvió a algunas plataformas de juego. Concretamente, el 10 de marzo de 2020. El mismo día que la OMS declaró que el bichito ese que nos empezaba asustar a todos era una señora pandemia mundial. Tres días antes de que un anuncio en el BOE nos encerrara en casa sin fecha de salida. Dos días antes de que yo empezara a sentir los primeros síntomas de algo que no era, ni de casualidad, una gripe más.

Por supuesto, lo compré en cuanto se pudo y le dediqué unas cuantas horas durante esos dos o tres días en los que mi vida era aún normal. Pero no era el momento. La situación dentro y fuera de casa no me ponían nada fácil entregarme a un juego que me encogía el corazón cada vez que me acercaba a él.

Ori and the Will of the Wisps recoge el testigo narrativo de su predecesora. Volvemos al bosque de Nivel para ver cómo la pequeña Ku va creciendo junto a Ori, Naru y Gumo. Durante los primeros minutos descubriremos las rutinas de esta pequeña y entrañable familia, hasta que llega el primer momento lacrimógeno. Cuando Ku descubre su deseo de volar y explorar como otros pájaros. Un anhelo que, dada su naturaleza, es completamente natural. Pero, de momento, irrealizable, porque Ku tiene un ala rota. Y ahora, poneos en mi situación: encerrada en casa, sin poder ver a nadie y con unas décimas de fiebre que presagiaban que, con ley o sin ella, no iba a poder tener contacto humano en mucho tiempo. Si le añadís la banda sonora de  Gareth Coker, que con cada nota es capaz de tocarte la patata (o estrujártela), tenemos un combo maravilloso. Aún así decidí continuar. Incluso cuando Ori y Ku, que se lanzan a la aventura de convertir los sueños en realidad, son separados por una tormenta.

Sin embargo, durante las pocas pantallas que jugué hace más de un año, no dejaba de pensar en esa pequeña cría, sola, perdida en un bosque lleno de peligros y sin la capacidad de huir por tener el ala rota. La necesidad de avanzar y encontrarla superaba siempre mis ganas de disfrutar del preciosismo de la ambientación. De los detalles de cada pantalla, de las melodías y las nuevas mecánicas de juego. Toda mi obsesión era terminarlo, y cada vez que me quedaba atascada en una pantalla (y eso que lo empecé en fácil) sufría no por mi torpeza inherente en los juegos de plataformas, sino porque eran minutos y horas en los que Ku estaba sola.

Así que, con cierta reticencia, lo acabé dejando. Ori and the Will of the Wisps había dejado de ser una experiencia que podía disfrutar para convertirse en una fuente de sufrimiento. Y ahí se quedó durante mucho tiempo. Cada vez que entraba en mi cuenta de Steam lo veía mirarme con ojitos. Era capaz de visualizar la pequeña y brillante figura de Ori con su cabeza ladeada y sus orejas gachas, reprochándome que no les ayudara esta vez. Pero no era capaz. La sola idea de acercarme a Nibel me llenaba de tristeza porque sabía que mi torpeza iba a causar el sufrimiento de una criatura desamparada.

Lo sé, suena a locura. Y quizás lo sea, no lo voy a negar a estas alturas. Pero la saga de Ori ha conseguido lo que muy pocos: que me sienta parte de ella. Que sufra y ría con Ori, Naru, Gumo y Ku. Que sienta como propios sus éxitos, pero también sus derrotas.

Hace unos meses, antes de que se cumpliera su aniversario y mi vida se convirtiera en una sucesión de deberes -en el sentido escolar del término- y obligaciones, decidí darle otra oportunidad. Y empezar desde cero.

Volví a notar la garganta seca cuando Ku siente la llamada del cielo y, sin embargo, no puede escucharla. La alegría al descubrir la pluma de Kuro. Y, otra vez, el miedo y la angustia de ver cómo la tormenta se desata, sabiendo cuál es su desenlace. Pero, esta vez, sigo jugando. 

No soy capaz de dedicarle más de una hora (hora y media como máximo) cada vez. Y no más de una vez a la semana. En cuanto intento jugar más tiempo, o más veces, vuelve la angustia, el deseo de terminar cuanto antes. Y eso, sinceramente, no es algo que este juego se merezca. La gente de Moon Studios ha hecho, una vez más, un trabajo soberbio de narrativa, ambientación, jugabilidad, sonido… Y se merecen que lo disfrute cada segundo. No importa si es la quinta vez que intento avanzar en una pantalla en la que la coordinación y los reflejos son esenciales. Cada vez descubro un detalle nuevo: un sonido que se acopla perfectamente a mis acciones, una melodía capaz de transmitirme la emoción precisa, una sombra dibujada, una luciérnaga que insufla vida a un paisaje estático.

La saga de Ori es sin duda alguna, una de las mejores sagas de videojuegos de los últimos años. Tomando como base un sistema de juego sencillo (o al menos para la gran mayoría), explorado casi hasta la saciedad, han conseguido dotarlo de la suficiente entidad como para que parezca algo nuevo. Y lo han envuelto todo en una combinación perfecta de emociones y avances técnicos para que, por un lado, te sientas casi como en casa, mientras que por el otro experimentes la emoción de descubrir algo nuevo.

No sé si esta vez conseguiré llegar al final, ni cuantas horas me llevará -aunque las estadísticas digan que son unas 12 horas de juego, ya os voy diciendo que, como mínimo, yo las duplicaré-. Pero sé que Ori se ha ganado un lugar en mi corazón, y no solo como jugadora. Y tengo serias dudas de que nadie pueda sacarle de ahí. Ni moverle un ápice. Y, sinceramente, tampoco lo deseo.

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