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Aquellos maravillosos años: Pokémon amarillo
Tamara Morales

Aquellos maravillosos años: Pokémon amarillo

La foto del encabezado ha sido realizada por Paz Molina

El mes pasado se cumplieron 20 años desde que Pokémon amarillo llegó a nuestro país y entró en muchas vidas. Este pequeño juego fue toda una revolución porque jugabas con Pikachu, andaba suelto a tu lado y todos nos habíamos encariñado viéndole los fines de semana junto Ash, Misty y Brock luchando contra el Team Rocket.

Después de 20 años, Pokémon sigue dando juegos, tanto para móviles como para consolas, adentrando a una nueva generación en su mundo. Mucho ha cambiado desde sus inicios (¡ahora hay entrenadoras!), pero su esencia sigue siendo la misma.

Hace 20 años, era una niña a punto de cumplir los 11 y Pikachu no tardaría mucho en entrar en mi vida. Hoy os cuento un poco más sobre lo que significó esa edición de Pokémon para mí.

En Terebi hemos hablado de las localizaciones de Pokémon en el Kanto real y Marina nos ha hablado de lo que fue Pokémon amarillo para ella. Como veis, para toda una generación fue su primer Pokémon y un recuerdo muy dulce que hoy todavía conservamos.

Hoy os dejo entrar en mis recuerdos para hablaros de mi primer juego, mío de verdad, y mi primera consola, mía de verdad, sin compartirla, sin peleas ni lloros, algo que tenía yo en mi mesita o cajones. No sé por qué me llamó tanto la atención, pero no dudé ni un segundo en querer la versión amarilla. Hoy en día, sigo teniendo un buen recuerdo de él, tanto que mi fondo de pantalla es Pikachu, a mis alumnos siempre les he hablado mucho de Pokémon, porque no deja de ser una saga atemporal y muchos de ellos la estaban descubriendo a sus 7 años, y algunos de los pequeños me regalaron un reloj de Pikachu (que no funciona, pero ahí está guardado), muñecos de los menús de comida rápida (¡se le encienden las mejillas!) y decenas de dibujos que adornaban las paredes del aula.

Volviendo al pasado, siempre recordaré el día en el que me compraron la Game Boy Color. Era septiembre y tenía 10 años. Lo recuerdo como si fuera ayer porque estuve hospitalizada y mi madre me prometió que al salir me compraría lo que quisiera. No pudo decirme que no, por mucho que quisiera.

Fuimos al centro comercial de donde vivimos y bajamos a la planta -1. Allí estaba la tienda electrónica por excelencia y en sus cristaleras anunciaba la gran GBC con su amplia gama de colores. Como buena niña que no quería ser asociada con lo establecido, quería la GBC «roja», porque la «rosa», pues puaj. Luego me di cuenta de que era la fucsia y sí era más tirando a rosa que roja. Pero lo superé como todo niño sabe: llenando la consola de pegatinas de los grefusitos.

Llegamos a casa, puse las pilas, introduje el cartucho y ya no se podía ver a Tamara sin su Game Boy. Me pasé incontables horas perdida por Kanto mientras mi culo se quedaba aplanado de estar en el suelo contra el cristal del balcón. El único sitio de la casa con unas cristaleras que me permitían ver todo perfectamente. Era el sitio perfecto, porque, además, me tapaban las cortinas echadas y no se me veía. Más una de vez me he llevado una bronca por no contestar, pero es que estaba demasiado enfrascada derrotando al Team Rocket, mamá.

«Pero, ponte un cojín, hija», «apaga ya la consola o te la quito», «¿Otra vez jugando? ¿has acabado los deberes?», «te vas a quedar tonta con tanta maquinita» y todas esas frases que toda madre ha dicho más de una vez, pero que solo algunas —las amenazas, la verdad. Le importaba muy poco que su hija fuera la mejor entrenadora Pokémon— hicieron que apagara la consola para hacer otras cosas, y que quisiera inmediatamente volver a estar con Pikachu vagando por ahí.

Esa parte de mi infancia está llena de espalda apoyada contra el cristal, viajes en coche buscando el mejor ángulo para poder ver toda la pantalla y risas tirada en la cama de mi abuela con mis primos, cada uno jugando a su Pokémon (rojo, azul y amarillo) y comentando lo que nos estaba pasando.

Lo que más me gustaba del juego era poder llevar a Pikachu suelto, detrás, libre. Era mi mascota hecha con píxeles —no me dejaban tener una de carne y hueso—, y mis Pokémon eran mis pequeños animales; me dolía cuando caían exhaustos y no quería dejarles en la guardería. Mi objetivo fue siempre girarme y que Pikachu reaccionara con corazones porque su bienestar me interesaba mucho.

Mis primeros pasos por Kanto estaban llenos de esa emoción que me embargaba al descubrir un mundo nuevo, lleno de animales y misterios y que por fin podía disfrutar yo sola. La primera pelea, el primer Pokémon cazado, el truco de mantener A, B y el botón de abajo de la cruceta para asegurarte el éxito, los «por favor, que no falle este ataque», los pequeños hitos que te presentaba como el conseguir la bici o ciertos movimientos especiales para moverte entre ciudades.

Lo que más me costaba, y me cuesta —que todo hay que decirlo— era el tener una estrategia para los diferentes gimnasios y tipos de Pokémon. Yo siempre he sido muy de «ir pa lante», sin pensar y solo a fuerza bruta, y era muy reticente a cambiar mi equipo principal porque les había puesto nombres y les tenía cariño y quería que crecieran y evolucionaran todos juntos, como una pequeña familia. Eso hacía que mis peleas fueran algo frustrantes y me dedicara mucho a vagar y visitar cuevas para ir siempre niveles por encima. Nunca he sido muy fan de la estrategia, la verdad.

(Bueno, a vagar tampoco, a coger la bici e ir como alma que lleva el diablo buscando Zubats en las cuevas.)

Lo que más me gustaba, sin duda, eran los puzles que nos presentaban. Esas cintas transportadoras, el luchar con todo el Team Rocket para poder subir el edificio, el camino de las cuevas intentando encontrar esa dulce recompensa en forma de caramelos, cuerdas, o Súper Balls, las horas y horas de caminar, explorar y darte la vuelta para ver si Pikachu te quiere de una vez.

Recuerdo como sonreía cuando los secuaces, tanto los de los gimnasios como del TR, sacaban sus Pokémon, que estaban muy por debajo de los míos, y de un solo golpe los dejaba KO y siempre me pregunté cómo podían ser tan malos si estaban en un sitio tan importante, pero, oye, mejor para mí.

Y, por fin, había llegado a la liga Pokémon. El camino había estado lleno de aventuras, amigos, enemigos, Pokémons, infinitas curaciones y MT que no sabía para qué eran. Había llegado la hora y estaba lista para enseñar de qué pasta estaba hecha. Me costó —mucho— estos no eran el Team Rocket, pero al final conseguí ganar y ser la mejor entrenadora Pokémon.

La edición amarilla fue mi primera incursión en la franquicia, pero no fue la última, aunque sí es a la que más cariño le tengo. Es hora de que mi consola y mi juego pase a la siguiente generación de mi familia y espero que mi sobrina disfrute tanto de un Pokémon como lo hice yo.

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