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Aquellos Maravillosos Años: King’s Quest VI
María Martín

Aquellos Maravillosos Años: King’s Quest VI

¿Alguna vez os habéis obsesionado con un juego? ¿Con una pantalla imposible de superar? ¿Con un puzzle que aparentemente tiene la misma lógica que un ornitorrinco? ¿Sabéis lo que es cerrar los ojos y ver fichas de colores caer interminablemente? Estoy segura de que sí. Quien más, quien menos, es casi imposible que nadie haya pasado por el universo de los videojuegos y no haya tenido, al menos, una obsesión.

Yo, la verdad, he tenido muchas. Desde intentar conseguir los mejores finales posibles en casi cualquier juego, a pasarme la pantalla del Tetris que se me atragantaba, pasando por lograr todas las mascotas de cualquier expansión del WoW. Y así, con todo. Pero hay un juego cuya obsesión me ha acompañado durante años. Hasta hace apenas unos días. Y ese es del que os voy a hablar hoy.

Eran los primeros años de la década de los 90. Yo era una adolescente en plena edad del pavo. Los juegos piratas en disquetes y CD pasaban de mano en mano con una impunidad nunca vista después. Internet no existía y las web con trucos consistían en folios mil veces fotocopiados. Era la época en que yo negociaba con mis padres las horas de juego y cuando mi vecino era mi mayor suministrador de títulos. Cuando Sierra era mi dios y los Point & Click, mis profetas. 

Mi madre, en un intento de hacer más educativos mis tiempos de ocio, apareció un buen día con el consabido set de juego y folios que le había pasado un compañero de trabajo. El truco es que tenía algo de mitología en su concepción, así que pensó que igual  me enseñaba algo. Poco convencida, lo empecé. 

Era, cómo no, otra aventura de Sierra. En ella encarnamos a un príncipe aventurero que tenía que ir resolviendo puzzles, pantalla tras pantalla. Me lo pasé. Lo devolví, solicitando una copia para mí. Y eso fue todo. Nunca recibí la copia. Y como tengo la misma memoria que una patata, el nombre se perdió en mi cerebro.

Pero también se quedó el recuerdo de enigmas un poco más difíciles de lo normal. De horas intentando escalar un acantilado. De un laberinto sin lógica que tenías que recorrer en el orden correcto para localizar al Minotauro. De un misterioso encapuchado al que te encontrabas regularmente. De unos seres alados. De referencias a cuentos clásicos y a Alicia.

Pasaron los años y el recuerdo seguía ahí. Y las ganas de volver a jugarlo. Pero cada vez que hablaba de ello, la gente me miraba como si me hubiera vuelto más loca aún. Quizá porque los recuerdos empezaron a mezclarse y acabé convencida de que el contenido mitológico era mucho mayor de lo que pensaba. Recordaba el logo de Sierra. Recordaba el acantilado y el laberinto. 

Y entonces llegó el momento de escribir este artículo. Tenía varios juegos de la infancia en mente. Pero, sin embargo, la idea de hablar del juego sin nombre que llevaba décadas obsesionándome, era la que más me atraía. Y decidí darle una nueva oportunidad a Google. Reduje los términos de búsqueda a la mínima expresión. Nada. Y entonces decidí hacerla en inglés. Tres palabras: Sierra, minotaur, labyrinth. Y ahí estaba. La primera imagen que me ofrecía el buscador era la que estaba grabada en mi memoria. Sin embargo, el título no terminaba de resonar en mi cabeza. Lo introduje en la pestaña de búsqueda, accedí al tercer vídeo y después de adelantar un poco el mismo… ¡bingo! Por fin lo había encontrado.

King’s Quest VI: Heir Today, Gone Tomorrow. Lanzado por Sierra On-Line en 1992. Escrito por Roberta Williams y diseñado por Williams y Jane Jensen. 

Rápidamente me lancé a buscar una versión que se pudiera jugar hoy, y por el ridículo precio de 5 euros me hice con él – y con King’s Quest IV: The Perils of Rosella y King’s Quest V: Absence Makes the Heart Go Yonder de regalo –. Lo instalé, pulsé el botón de jugar y cuatro horas después celebraba la boda del príncipe Alexander y la princesa Cassima. Mission accomplished!

Sí, sólo tardé 4 horas. En parte gracias a que mi cerebro guardaba más información de la que pensaba una vez empecé. En parte gracias a las guías y walktroughs que pueblan Internet y que compensan cosas como no tener el manual original del juego. Sí, ese era el nivel de Sierra: necesitabas el manual – y bucear en él – para conseguir pasar según qué pantalla.

La historia en sí no es especialmente original: encarnas a Alexander, príncipe de Daventry, que tras su última aventura sigue prendado de la princesa Cassima, de la Tierra de las Islas Verdes. Convencido de que su amor es verdadero, pondrá rumbo hasta el hogar de la joven para casarse con ella. Pero al llegar allí descubre que las cosas no son tan sencillas: los padres de Cassima han fallecido durante la ausencia de éstas – en realidad estaba secuestrada por un brujo – y el visir Alhazred conspira para casarse con la joven, enfrentar a las islas y, en definitiva, acaparar todo el poder posible. A partir de ahí, Alexander deberá visitar todas las islas para intentar deshacer el enredo. En su camino se enfrentará a un minotauro, romperá la maldición que pesa sobre Bestia – sí, esa misma Bestia – y, con suerte, rescatará a los padres de Cassima del inframundo.

Pero lo que le falta de originalidad a la historia, lo compensa con creces con los enigmas y las referencias. Y, sobre todo, con la posibilidad de tener distintos finales, dependiendo si optas por el camino largo – pero más feliz – o el corto. Y si consigues superar todos los obstáculos, incluyendo hablar con tu amada o no en un determinado momento.

Es posible que mi obsesión de décadas haya influido en mi disfrute del título, no voy a negar, pero lo cierto es que lo he pasado como una enana. Han sido 4 horas llenas de desafíos, algunas risas y, sobre todo, hacer mucho uso de la herramienta “Salvar”. ¿Alguien recuerda cómo era eso?

En definitiva, que si lo queréis pasar bien volviendo a los 90, o preguntaros cómo narices conseguíamos acabar los juegos sin ayuda y sin tirar el ordenador por la ventana, King’s Quest VI: Heir Today, Gone Tomorrow es vuestro título. ¡Y encima creado por señoras!

Aquí tenéis todos nuestros artículos con tintes nostálgicos.

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