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Aquellos maravillosos años: Ecco The Dolphin
Clara Doña

Aquellos maravillosos años: Ecco The Dolphin

Ilustración de cabecera por Lidia Domínguez

Oh, ¡aquellos maravillosos años! Oh, ¡veranos de MegaDrive! Oh, ¡juegos en inglés que no entendíamos! Oh, recuerdos, oh, trauma. Oh, Ecco. Podría dejar de escribir sobre Ecco The Dolphin (Novotrade International, 1992) con estas líneas en vocativo, pero el juego de Sega MegaDrive sigue habitando el subconsciente de muchos, veintiocho años después de su lanzamiento. Y es que, muchos años más tarde, cualquier eco me sigue sonando al delfín de Sega.

Durante aquellos veranos sentada delante de la Sega, Ecco The Dolphin parecía haber sido programado para saciar mis ganas de nadar. En una época en que los videojuegos eran una actividad más con la que alimentar mi imaginación, Ecco brindaba la posibilidad al jugador de encarnar a un delfín en su habitat natural en un océano rebosante de vida. La primera inmersión en sus aguas muestra a otros delfines nadando a tu alrededor, mientras el jugador puede impulsarse para nadar más rápido, comunicarse con ellos e incluso saltar por encima del agua. Con unos gráficos más afinados para asemejarse a la realidad que otros títulos de la Mega Drive de la época – Kid Chameleon, 1992, Sonic, 1991, Hellfire, 1989, o Columns, 1989, eran mis otros títulos favoritos – y una banda sonora que parecía encapsular lo misterioso y bello del océano, perderse en ese primer escenario era fácil.

Sin embargo, este idilio acuático no estaba destinado a durar demasiado, ya que un compañero delfín retaba al jugador a saltar lo más alto que pudieras fuera del agua. Y ahí es cuando la experiencia daba un giro y, al saltar, todos tus compañeros de vida marina, de tranquilidad, de disfrute de ser un cetáceo en su hábitat natural, salían girando por los aires, acompañados de un extraño sonido, hasta desaparecer. Ecco se quedaba solo, y ahí empezaba su aventura. Una aventura que se torna cada vez más siniestra, extraña y exigente, tanto mas aún vista ahora, con distancia, cierto nivel de inglés y conocimiento de mundo.

Los niveles que sucedían a este principio catastrófico introducían mecánicas de ataque, eco localización – una ingeniosa mecánica que se cimienta sobre las capacidades reales del sónar de los delfines – y dos barras de vida: una para el daño, otra para el oxígeno. En este momento, el juego se torna en una búsqueda constante de pequeños bolsillos de oxígeno mientras exploras cuevas submarinas infestadas de medusas, chocando una y otra vez contra cristales que te cortan el paso y que, en ese momento de mi vida, me semejaban un misterio inabarcable.

Y es en este punto – quizás tres niveles de profundidad en el océano más profundo de mi desconocimiento – donde Ecco me impidió seguir. Me gustaría pensar que el juego, conocedor de lo  posiblemente traumático de lo que me esperaba, me cortó el paso, a sabiendas de que lo poquísimo que había visto ya me haría temblar cada vez que mirara a través del agua clara y viera la profundidad del fondo. Porque esta profundidad que yo he avistado, ya muchos años después, se ha descubierto mucho más insondable de lo que yo esperaba en aquellos años de curiosidad por los delfines y la vida marina.

Por una parte, Ecco es un juego realmente difícil: Ed Annunziata, su creador, lo hizo así para evitar que se pudiera completar en un fin de semana. Un vistazo por Reddit y las heridas de uno de los niveles finales siguen abiertas en los jugadores. Por otra parte, estos niveles finales contienen el misterio de Ecco, y el trasfondo real de la historia. Los aliens – llamados el Vortex – han secuestrado a toda la vida marina como punto de partida para la aniquilación total del planeta – sí, adios a mi inocencia –. Estos aliens terroríficos, junto a una banda sonora que se vuelve frenética y desquiciante, la dificultad progresiva del juego, y un nivel en que Ecco se infiltra en su nave y sufre como delfín fuera del agua, me han hecho alegrarme de nunca haber podido alcanzar este nivel del juego.

En el caso de que esta contraposición entre las expectativas de una niña a la que le gustan los delfines y una historia de alienígenas hostiles no sea suficiente para plantar la semilla del horror en mi mente adulta, el hecho de que el juego esté inspirado por los estudios con delfines del autor y científico John C. Lilly (1915-2001) parece añadir al mito de Ecco. La premisa de Lilly para su experimentación era conseguir la comunicación con los delfines, y para ello usó – e hizo ingerir a los delfines – LSD en varias ocasiones. Para colmo, otro de los experimentos llevó a una científica asistente de Lilly (Margaret Lovatt) a convivir con el delfín Peter en una casa  y el LSD, o la relación con Lovatt, llevó al delfín al suicidio – si queréis saber más de este experimento, este artículo de The Guardian lo recoge –. En todo caso, si este trasfondo no resulta ya sobrecogedor, el nombre de Ecco está inspirado por una paranoia de Lilly quién, al final de su vida, creía que existía una agencia, la E.C.C.O (Earth Coincidence Control Office) que orquestaba las coincidencias que afectaban a su vida.

Margaret Lovatt

A pesar de todo, Ecco The Dolphin se guardó en mi mente como una experiencia misteriosa y sublime. Volver a verlo supone regresar a aquellos días en que la imaginación me permitía disfrutar un nivel durante, sin hacer nada, simplemente roleando lo que hubiese en la pantalla. Además cementó mi posterior gusto por el rock progresivo y psicodélico – la BSO está inspirada por Pink Floyd, e incluso tiene una pista llamada Welcome to the Machine –, y estoy segura de que mi talasofobia – miedo irracional a las profundidades de una masa de agua – puede ser trazada hasta las oscuridades de Ecco. Oh, recuerdos, oh, trauma.

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