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Los videojuegos en tiempos de cuarentena
María Martín

Los videojuegos en tiempos de cuarentena

No perdamos las buenas costumbres y empecemos por una confesión: en mi vida había jugado al Animal Crossing. Nada, niente, nichts, zero, rien. Es más, hasta hace escasamente un año no sabía que existía una saga de videojuegos con ese nombre. Que mi experiencia hasta ahora con Nintendo haya sido con la Game & Watch y la Supernintendo, pasando por un breve escarceo con la Wii, no ha ayudado, claro. El caso es que, como podréis imaginar, mis ganas de que saliera Animal Crossing: New Horizons eran prácticamente nulas. 

Y entonces llegó el aislamiento y todo cambió.

El 10 de marzo por fin llegaba a Xbox y PC uno de mis videojuegos más esperados de los últimos años: Ori and the Will of the Wisps. Una vez más el espíritu guardián creado por Moon Studios amenazaba con convertirse en mi obsesión y frustrarme y enamorarme a la vez. Lo hizo durante unos días. Pero pronto mi incapacidad de pasar de pantalla se mezclaba con mi incapacidad de salir de casa y la frustración ganaba la batalla. Otras, la banda sonora de Gareth Coker me arrancaba unas lagrimitas que me obligaban a alejarme de la pantalla. O la misma historia, con Ori buscando a Ku -un pequeño búho con un ala herida- en un mundo lleno de peligros me llenaba de desazón. Y, al final, tuve que dejarlo inacabado. Adoro a Ori, pero esta cuarentena no ha sido el momento ideal para que yo retomara nuestra historia de amor.

Entonces me volví a mi última compra física: Death Stranding. Sí, mi inicio de cuarentena estuvo llena de grandes ideas en lo que a videojuegos se refiere. Os podéis imaginar cómo acabó aquello.

De pronto, me encontré sin muchas ganas de jugar nada que no fueran algunas partidas rápidas a Overwatch. Que coincidiera el inicio de todo esto con la celebración del evento Archives ayudó a que le dedicara más horas de las esperadas, sobre todo a algo que no fuera mi modo preferido de juego, Mystery Heroes (del que hablaré otro día). Eso y que unos cuantos amigos decidieran darle otra oportunidad me permitió pasar unas horas divertidas y demostrar(me) que algo he mejorado con el tiempo. Pero el romance no duró mucho y yo seguía teniendo muchas horas libres para ocupar y un cerebro necesitado de evasión.

Entonces empezó la fiebre Animal Crossing. El primer día la vi en la distancia, sin llegar a entender nada. Hasta que una amiga, una de esas con las que compartí partidas rápidas de OW, me convenció para que me animara a probarlo. Tenía la Switch muerta de risa, una conexión a Nintendo Online sin usar casi y necesidad de rehacer mi concepto de tribu en tiempos de Coronavirus. Y me lancé a ello con más miedo que vergüenza y convencida de que los casi 60 euros que me iba a gastar iban a ser de los más dolorosos en mi vida como jugadora. Ya me lo digo yo, tranquilos: You know nothing, Jon Snow.

Acabo de comprobarlo y el cómputo total de horas dedicadas a la entrega dirigida por Aya Kyogoku supera las 200 horas. En 52 días de juego (hubo uno que no abrí la consola) suponen casi 4 horas de juego diarias. Podemos decir que ACNH se ha convertido en un trabajo a tiempo parcial. Por comparar con algo conocido, compré Overwatch hace casi 3 años (junio de 2017) y he jugado un total de 172 horas. 

Pero es que ACNH me ha dado algo que necesitaba como respirar en estos días: una comunidad. Porque al tiempo que descargaba el juego, mi amiga, la impulsora de la compra, creó un grupo de whatsapp con amigos suyos que también estaban jugando. Grupo al que luego yo también he ido añadiendo adeptos a esto de crear tu propio mundo en miniatura. A día de hoy, hemos compartido más de 2.000 enlaces y fotos. Del número de mensajes mejor no hablo, que nos puede dar un algo a todos.

¿Y qué tiene el juego que me ha enganchado tanto? Supongo que, en buena medida, esa capacidad que te da de crear un mundo único, en el que hay unas pocas reglas (tienes que pagar la hipoteca, los árboles sueltan muebles y dinero, tienes que conseguir que la estrella Totakeke venga a dar un concierto) pero que te permite hacer lo que te da la gana. Algunos, como nuestra jefa, han creado una extensión de sí mismos en la isla. Otros han volcado su creatividad en dar forma a su entorno -hay islas que me dejan con la boca abierta-. Yo he decidido que mi personaje sea mi yo más cursi. Ejemplo: en la vida real tengo UNA camiseta rosa. En mi querida isla de nombre impronunciable, casi todo es rosa. El exterior de mi casa, mis habitaciones. Mi pelo. Casi toda mi ropa. 

Mi nueva tribu me manda regalos rosas para que siga decorando. Una, incluso, ha creado un conjunto de varita llamado “Tindriel” que la convierte en un pimpollo rosa. Y eso, que alguien a quien no he visto pero con la que llevo casi dos meses hablando todos los días, haya decidido hacerme un pequeño hueco en su vida, me llega mucho más de lo que podía haber pensado el 20 de marzo de este mismo año.

Quedamos para pedir deseos y cazar estrellas fugaces. Para dejarnos catalogar objetos. Para ir de compras. Para invertir en Bolsa, digo en nabos, y aprovecharnos de los precios. Para vender nuestra fruta fuera de nuestra isla y sacarle el mayor provecho. Para vestirnos de acuerdo a un dress code particular, dictado por el dueño de la isla de turno. Para participar en los concursos de pesca o comprarle a Ladino sus obras de arte. Hacemos lo que no podemos hacer en la vida real, que es juntarnos con los nuestros.

Hacer un tour por nuestras islas es descubrir cómo de diferentes somos. Pero también cómo estamos de dispuestos a abrirnos a otros: intercambio de fósiles y recetas, carteles que te señalan dónde está el vecino que en esos momentos trabaja en algún proyecto, espacios para el “pick&drop” de ropa y muebles. Peticiones de materiales u objetos.  

Reconozco que hubo un momento en el que recoger fruta para pagar una hipoteca que crecía exponencialmente empezó a agobiarme. Hasta que mi cerebro entendió que Tom Nook no iba a mandar a sus secuaces a cobrar la deuda aunque no pagara. Ahora, de hecho, le debo exactamente 1 baya. Podría pagarla, pero es mi pequeña rebelión contra el sistema. Tampoco soy la persona más creativa del mundo en cuanto a dibujar o terraformar. Pero tampoco he dejado que eso me agobie. Me encanta visitar las islas de los que sí lo son y robar pequeñas ideas. Incluso he sido capaz de colgar un par de diseños propios en Manitas. No son el colmo de la originalidad, pero a mí me valen más que de sobra. Porque me gusta ver a mis vecinos lucirlos y pensar “eso lo he creado yo”. 

Poco a poco, he conseguido huir de lo que al final me agobiaba siempre en Los Sims: la necesidad de crear una rutina, de asumir unas responsabilidades demasiado reales. Y lo he compensado con lo mejor que, en su día, tuvo el WoW para mí: mi Guild y nuestro deseo de pasar un buen rato y echarnos una mano. 

Y así, poco a poco, Animal Crossing: New Horizons ha pasado de ser el juego que no quería jugar al juego que me ha sacado del aislamiento.

Y vosotros, ¿en qué títulos habéis hallado consuelo estos días?

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