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Do Not Feed The Monkeys: voyeurismo y “adulting”
Iris

Do Not Feed The Monkeys: voyeurismo y “adulting”

Ilustración de cabecera realizada por Clara Rodrigo.

A finales de octubre salía al mercado el nuevo juego de Fictiorama Studios, Do Not Feed The Monkeys: un “simulador de voyeur digital” en el que formaremos parte del clandestino Club de Observación de Primates. Como miembros de esta misteriosa organización, debemos estudiar el comportamiento de los monos a través de cámaras que nos permiten monitorizar los movimientos. Para seguir formando parte de la asociación y demostrar nuestro compromiso con la misma, tendremos que desbloquear nuevas jaulas hasta cumplir los objetivos que nos haya marcado el Club.

Do Not Feed The Monkeys nos coloca en una distopía paródica gobernada por corporativas, presidentes ineptos -bonito tupé, señor Walker- y sectas religiosas. Como es de esperar en un sistema capitalista, el dinero será el recurso más importante del que dispondremos y nos permitirá cubrir nuestras necesidades -comprar comida, pagar el alquiler- y ascender en la jerarquía del Club -adquiriendo nuevas cámaras-. Las normas de la organización son sencillas: no hablar del Club, subir rangos y, especialmente, no alimentar a los monos.

Esta última resulta mucho más difícil de cumplir una vez abrimos la aplicación MonkeyVision y descubrimos que los primates a los que debemos observar son en realidad humanos. A través de nuestro monitor, podemos espiar y descubrir los secretos de los habitantes de las jaulas, apuntando en nuestra libreta los conceptos más importantes y utilizando la web para intentar descubrir los enigmas que esconden. Las historias que ocurren en cada una de las cámaras son con diferencia el elemento más atractivo del título y el punto clave de su rejugabilidad. Plantas mutantes, cazadores darwinistas, genocidas jubilados, estrellas del rock acabadas…, personajes locos cuya vida no solo podemos observar, sino alterar también. Do Not Feed The Monkeys se alimenta de la curiosidad y del morbo -y no os voy a engañar, funciona a la perfección-. Tanto si quieres ayudar a los primates y realizar buenas acciones o prefieres jugar con el chantaje y sacar el máximo beneficio, lo cierto es que mantener un rol de mera observación resulta una tarea complicada. En caso de que decidamos ignorar las cláusulas del Club, tenemos a nuestro alcance multitud de herramientas para manejar los hilos y manipular las vidas de los monos.

No todo podía ser voyeurismo salvaje y tendremos que repartir nuestro tiempo entre la monitorización de las cámaras y mantenernos con vida y con un techo sobre nuestra cabeza. Que llamemos jaulas a los lugares en los que se encuentran las cámaras no significa que los primates se encuentren 24 horas a nuestra disposición, así que deberemos identificar sus rutinas para poder trabajar o ir al supermercado cuando los monos no están haciendo nada interesante. Cada día encontraremos tres nuevas ofertas de trabajos temporales para engordar nuestra cuenta corriente -quién no ha soñado nunca con ser esperador de colas- , lo que podremos complementar con tareas de investigación voluntarias para el Club u otras fuentes de ingresos que podremos desbloquear si jugamos bien nuestras cartas. Es bastante sencillo quedarse absorto en la narrativa de las cámaras y olvidarse de comer o dormir, por lo que es importante prestar atención a los medidores de necesidad y asegurarse de que nos mantenemos saludables -tener demasiado sueño o hambre puede hacer que no seamos capaces de realizar un trabajo y perdamos el sueldo-. Pese a que yo no lo he percibido así durante mi experiencia, sí he visto que existe una queja recurrente entre los jugadores acerca de la dificultad de la gestión: si no estáis siendo capaces de disfrutar la experiencia por la multitarea, no dudéis en activar el modo Mirón para poder centrarnos en las historias de las jaulas.

Quizá lo que menos me guste del diseño de juego sea la incorporación de tantas cámaras placebo -aquellas con las que no podemos interactuar o que no muestran ningún comportamiento relevante-. Pese a que entiendo la necesidad de incluir alguna jaula sin carga narrativa, ya que tantas cámaras complejas y simultáneas podrían abrumar al jugador, gastarse 50 dólares esperando descubrir una historia nueva y recibir imágenes de un avión despegando resulta un tanto frustrante. Sin embargo, la cantidad de posibilidades que nos ofrece cada una de las cámaras “reales” son suficientes para mantenernos ocupados a lo largo de varias partidas y seguir descubriendo cosas nuevas -no he dedicado más de 3 horas a ninguna partida y llevo ya más de 25 horas de juego, así que un poquito sí me he enganchado, sí-.  

El hilo sonoro me transporta en ocasiones a Rapture y se va diluyendo hasta convertirse en un runrún que acompaña los diferentes sonidos del ordenador o la puerta. El pixel art es sencillo y cuidado  y funciona bien como apoyo al universo que nos presenta sus creadores enfatizando el tono paródico de todo el discurso.

Do Not Feed The Monkeys es un juego perfecto para satisfacer nuestros impulsos más cotillas y experimentar con la moralidad a través de las numerosas elecciones que realizaremos a lo largo del juego. La complejidad de las cámaras y sus posibles resoluciones ofrecen una gran rejugabilidad a lo que podría haberse convertido en una experiencia entretenida pero demasiado breve. La narrativa tiene un tono humorístico que también me ha sorprendido implicándome emocionalmente con las historias de varias de las cámaras y haciendo todo lo posible por ayudar a sus protagonistas, sintiendo remordimientos al querer explorar caminos menos altruistas. Otro indie español entre mis juegos favoritos de 2018 y uno de los que más ha conseguido atraparme. Recordad: no alimentéis a los monos.

ALIMENTADALOSMONOS

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