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Hollywood Monsters: Paseo por la nostalgia
Irene Alvarado Horrillo

Hollywood Monsters: Paseo por la nostalgia

Ilustración de cabecera realizada por María Cubiles.

Yo era una niña de seis con un ordenador. Sin acceso a internet y con pantalla de tubo. El ordenador tampoco era mío, sino de toda la familia. Las grandes distracciones eran jugar al buscaminas o al solitario. No era tan moderno como para llevar el pin-ball. Por eso, cuando con el periódico empezaron a regalar juegos de FX, mis padres los compraron. De la colección se alzaron dos favoritos: Hollywood Monster (Péndulo Studios, 1997) y The Longest Journey (Funcom, 1999). Este segundo, aunque me encantaba, era demasiado complejo para mi joven mente. Pero el primero, oh, el primero…

Recuerdo meter el disco, con la imagen de carga y la opción de descargarse el manual. No se muy bien cómo sucedió, pero un día mi padre apareció con dicho manual impreso y grapado, y aún lo conservo. Sería mi mejor amigo durante muchas horas. El juego tardó unas cuantas horas en instalarse. Una eternidad para mi yo del pasado, que miraba fijamente aquel porcentaje para verlo subir. Quizás si me concentraba en ello se instalaría más rápido (spoiler: no). Redoble de tambores y se ejecuta la aplicación.

“¡Extra! ¡Extra!” Las dos primeras palabras, difíciles de olvidar por el tono estridente de un niño vendiendo el periódico The Quill. Esa noche es la entrega de premios de la Academia de Premios de Monstruos Actores, es decir, unos “Oscars” algo más diversos. Tras una “discusión” entre los periodistas Sue Bergman y Ron Ashman en la redacción del periódico, al final Sue es la elegida para ir la fiesta de premios para entrevistar a las estrellas.

Manual del juego

Pero algo extraño pasa en la fiesta. Utilizando sus habilidades de investigación, Sue consigue una nota que escribe el monstruo de Frankenstein o “Frankie” a su amigo el hombre invisible. “Peter, necesito hablar contigo urgentemente. Es un asunto de vida o muerte. Reúnete conmigo en las bodegas dentro de cinco minutos”. Si ya me cuesta olvidarme de esta línea, más me cuesta no imitar la entonación de la actriz de voz. Por supuesto, nuestra intrépida reportera va corriendo a encontrarse con Frankie, esperando sacar un artículo muy jugoso. Pero todo se tuerce, se apagan las luces y son atacados por alguien que no quiere que lo que ha descubierto la criatura salga a la luz.

A la mañana siguiente, Ron Ashman de The Quill, preocupado por que su compañera no aparece, va a la fiesta -o lo que queda de ella- para investigar lo ocurrido. En la mansión Hanover, donde se celebran los premios, no hay más que monstruos resacosos que aún no se han dignado a retirarse a sus casas. Ni rastro de una periodista (ni de una mujer, así en general). Aunque, en la bodega, encuentra algo interesante: Una cinta magnética, la que utilizó Sue para grabar el intento de entrevista y que, no solo aclara que ha sido secuestrada, sino que ha pasado con Frankie. Sin pistas sobre el paradero de nuestra compañera, el único hilo del que podemos tirar en encontrar a la creación del Dr. Victor Frankenstein para descubrir la identidad de los secuestradores.

El problema, amigos míos, es que a Frankie lo han descosido e introducido cada parte en los premios de la academia. Éstos, al contrario que los Oscars, son de estatura humana y un lugar perfecto para esconder partes de un cadáver. Los ganadores de los premios son: El Hombre Lobo, al mejor actor; La Momia, al mejor papel dramático; y al Conde Drácula, por su dilatada carrera. Eso significa que deberemos visitarlos en sus casas, localizadas en Australia, Egipto y Transilvania respectivamente. Si hay algo que Ron no va a echar en falta es viajar.

Quizá mi momento favorito es el de la niña al lado de un río. “¿Me das una margarita?” es la frase que Ron utiliza al menos cinco veces para que una niña rubia muy repelente le de una de las flores que está tirando al agua. Flores, que en realidad no son margaritas, sino laxantes que la niña le ha robado al anciano ciego que vive en una cabaña cercana. Nosotros también le robamos pero eso es otra historia. Cuando la niña se harta y nos dice que no hay nada que podamos hacer para que nos regale una flor, Ron la da una patada que la lanza al río. Ni confirmo ni desmiento que la niña se haga daño, pero las pirañas que chapotean en el agua no son un buen augurio.

Otro gran momento es cuando Ron se pone a rapear el conjuro que abre la cámara de tesoros de La Momia. Brillante. Comedia de exquisita calidad. O cuando dejas a cualquiera de los hermanos Hecker para el desguace. Al final, el juego está lleno de momentos icónicos que conservo en la memoria como si fuese ayer.

Quizá la yo de ahora tiene algún que otro problema con Hollywood Monsters. Sobretodo por la representación femenina nefasta. Pero eso no puede manchar el cariño y la nostalgia que me produce este juego. La crítica a este juego no me va a arruinar la infancia, ni le va a robar su encanto. Porque yo no adoro este juego porque sea perfecto, sino por que es un gran pilar de lo que soy. Fue mi primera aventura gráfica, mi género de videojuegos favorito hoy en día. Y solo puedo dar las gracias a este juego por existir.

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