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Harry Potter: Hogwarts Mystery, una oportunidad desaprovechada
María Martín

Harry Potter: Hogwarts Mystery, una oportunidad desaprovechada

Empecemos con una confesión: soy una potterhead irredenta. No desde que salió el primer libro, sino desde 2001, cuando estaba en las librerías el cuarto de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego. Una amiga me insistió para que me leyera el primero y, después de unos meses de hacerme de rogar, acabé cayendo una tarde en la que me presenté en el médico con hora y pico de adelanto. A la salida de la consulta, me compré los otros tres sin haberme terminado el primero. Y a partir de ahí, estaba perdida. Libros, películas y, por supuesto, videojuegos. Los ocho de EA y los dos de Lego.

Por eso, cuando anunciaron que se iba a desarrollar un juego para móviles basado en el universo de Harry Potter, me lancé a la web y me apunté a la lista para estar informada. Y cuando hace unos días por fin estuvo disponible, la felicidad me embargó. También porque, debido a una lesión, mi ración de horas frente al PC o la consola se han reducido drásticamente. Así que lo descargué, me creé mi personaje (una ravenclaw, que son los que molan) y me lancé al universo creado por Rowling de cabeza. La ilusión me duró poco. Más o menos como diez minutos, hasta que me quedé sin energía para hacer nada. Mientras mi personaje era estrangulado por un lazo del diablo.

Como no soy la primera, ni seré la última, en señalar ese momento específico como uno de los peores y el inicio del desencanto, pasemos página y hablemos de otros aspectos. Buenos y malos, que hay de los dos.

En el lado bueno tenemos, en primer lugar, la calidad de los gráficos. No olvidemos que se trata de un juego para plataformas móviles de los denominados casuales. Y gratuito (al menos su descarga). Con esas premisas, es para mí uno de los de mayor calidad gráfica que he jugado. Comparémoslo con Candy Crush, Free Fall y demás, no os vayáis a cosas como The Room que entonces no hay nada que rascar. Los personajes se mueven con fluidez y, sobre todo, tienen un decente abanico de expresiones faciales y corporales. Cuando consigues acertar en los minijuegos de concentración, la sonrisa de los profesores es más que evidente, al igual que la sorpresa genuina de Snape cuando demuestras que no eres el desastre que esperaba.

La música es otro punto a favor, ya que ayuda a crear las distintas atmósferas, en clase, con tus compañeros o cuando estás en peligro, y guarda las suficientes semejanzas con las melodías originales de Williams como para que te acompañe en tu aventura. Claro que, si eres como yo, solo la tendrás activada en casa, no cuando juegues en el transporte público, que va a ser gran parte de las veces.

Por supuesto, en el lado bueno de la moneda está la recreación de la escuela de magia más querida por todos (al menos en mi casa), la posibilidad de tener tu propia aventura en el castillo, lo suficientemente alejada de la trama de Harry Potter como para que sea un elemento diferencial y de reencuentro con personajes conocidos. Y no solo entre los profesores. También considero un acierto poder elegir entre diferentes respuestas en tus interacciones, y que éstas determinen qué atributos (Coraje, Empatía o Conocimientos) se ven aumentadas cada vez. Aunque sigo sin entender por qué contestar bien a una pregunta aumenta la empatía, o el coraje, y no los conocimientos. Por supuesto, aprender a volar en una escoba o lanzar hechizos que todos conocemos, como Lumos o Episkey (¡hola Luna!) también tiene su gracia.

Pero no todo es un camino de rosas en Harry Potter: Hogwarts Mystery. La primera queja: el sistema de transacciones, claro. Puedo entender que exista el sistema de energía para que no te termines el juego en unas horas. Puedo entender que tarde en recargarse. Pero me molesta que los niveles sean tan bajos que casi nunca puedas acabar una misión de una vez. Y me molesta mucho más que, además, las tareas a completar, una vez las inicias, tengan un contador de tiempo. La conjunción de los factores hace que, o bien estés atento del juego durante unas horas (muchas) o bien te decidas a invertir dinero de verdad en reponer energía. No soy nueva en los juegos que incluyen microtransacciones (me declaro enganchada al Hidden City), pero al menos en éstos cuando empiezas un puzle, puedes acabarlo en el momento. La recarga de energía es igual de lenta, pero no tengo que dejar a mi personaje siendo estrangulado, o en medio de una clase de vuelo. Y si no me conecto en unas horas, no hay efectos secundarios, como sí ocurre en Hogwarts Mystery, donde supongo que suspenderás la clase y tendrás que volver a empezar. Eso sin tener en cuenta, además, que en muchas ocasiones las opciones que se te presentan obligan a gastar más energía de la necesaria para lograr tu objetivo. Que no haya ninguna opción para recuperarla más allá de la búsqueda de objetos semiescondidos (una vez al día), o que no puedas dedicarte a otra cosa (en Hidden City puedes luchar contra los monstruos que se pasean por la ciudad para lograr objetos) acaban convirtiendo el juego en algo repetitivo y carente de gracia.

Otro de los aspectos a mejorar es la traducción que se ha hecho al español. Entre que la mayor parte de las veces no distingue géneros (en varias ocasiones se refiera al prefecto de Ravenclaw en femenino, por ejemplo), que en algunas pantallas (véase la carta de admisión que recibes al comienzo) la traducción no es completa, y se juntan frases en castellano con los originales en inglés, y que han hecho una mezcla entre castellano y español de Latinoamérica, al final acabas por no leer nada.

Añado que hay algunos bugs menores, como cuando te enfrentas a la primera pregunta en la lección de vuelo, en que la pantalla se pone en negro y desaparecen las animaciones. O en una de las clases de Encantamientos, en las que debes hacer unos 5 intentos de conexión para poder avanzar. Buenas noticias en este caso: la energía que hayas gastado desde un punto de salvado (estrella) a otro, no la pierdes, sino que reaparece en tu contador.

Quizá el fallo más gordo que le encuentro es el de la jugabilidad que, por supuesto, es también lo más importante. Durante tu primer año en Hogwarts tiene su gracia que las interacciones con el juego consistan en dar toques en la pantalla para completar tareas con el único objetivo de llenar una barra de avance. O que los minijuegos, cuando consigues una estrella, sean contestar preguntas o realizar trazos en la pantalla (la parte buena es que son diferentes con cada acción, o acertar cuando dos círculos tienen más o menos el mismo tamaño). Pero acaba cansando. ¿Tanto habría costado meter otras opciones, como puzles?

A medida que avanzas, además, todo se vuelve aún más repetitivo (sí, parecía imposible, lo sé), porque para desbloquear una nueva lección tienes primero que conseguir acumular un número determinado de estrellas, que solo consigues repitiendo lecciones anteriores. Si alguien me explica por qué tengo que repasar Lumos para aprender Flipendo, le estaré muy agradecida. En este sentido conviene destacar que hay algunas lecciones (tu formación como sanador, por ejemplo) que no siguen exactamente este esquema, y se agradece el cambio.

¿Y qué decir de las notificaciones que te saltan cuando han pasado 24 horas desde tu última conexión, con McGonagall diciendo que espera una asistencia perfecta? ¿O que tu prefecto te ridiculice delante de toda tu casa cuando no puedes presentarte voluntaria para liderar una misión porque tienes la opción bloqueada por falta de nivel? Nivel que es imposible que ganes aunque juegues 24 horas seguidas… Al fin y al cabo, el juego está dirigido a potterheads irredentos, pero de todas las edades, y mi gestión de la frustración es (esperemos) mejor que la de un chaval de 14 años, así que igual deberían haber tenido un poco más de cuidado al seleccionar estas interacciones.

Y he dejado para el final lo que más me molesta en cuanto a la narrativa, y es el uso y abuso de estereotipos del propio universo Potter. Primero, Rowan, tu mejor amiga en la escuela, que resulta tener el carisma de una lechuga. Aunque en un principio, antes de llegar a Hogwarts, las interacciones con ella te hacen creer que es el prototipo de Ravenclaw, será seleccionada para tu misma casa. Sea cual sea. Porque ¿para qué íbamos a introducir la posibilidad de que tu mejor amiga pertenezca a, no sé, Hufflepuff aunque tú seas Gryffindor? Sobre todo, cuando tienes otras amistades de otras casas (Gryffindor y Hufflepuff, principalmente).

Después tenemos a la archienemiga, Mérula, que por supuesto no puede ser más que de Slytherin, con padres seguidores de Voldemort y racista. O al tercero en discordia, Ben Cooper, un Gryffindor cobarde. Y sin olvidarnos de Snape, que te odia según apareces por el pasillo por algo que supuestamente hizo tu hermano. Y no, no fue dejarle en ridículo delante de todo el colegio, ni casarse con la mujer de sus sueños. Aunque estas elecciones son comprensibles, en tanto en cuanto son un reflejo de la aventura que vivirá años después “El niño que vivió”, lo cierto es que Jam City (desarrolladores de la aventura) ha perdido una oportunidad de oro de ampliar un poco el universo conocido y ofrecernos otra cara del mismo. Igual lo hacen en el tercer año y Mérula acaba siendo una aliada, pero de momento no parece plausible, siendo sinceros.

Resumiendo, Harry Potter: Hogwarts Mystery no es ni el mayor desastre del universo ni el juego del año, y ese estar en tierra de nadie es, en mi opinión, lo que acabará desterrándole a la segunda o tercera pantalla de mis dispositivos móviles. De momento, el nivel de exigencia (en tiempo y atención) compensa, pero a medida que pida más (las clases del segundo año son más difíciles que las del primero, y así sucesivamente) y siga ofreciendo lo mismo, sin variaciones en su mecánica, dejará de ser una opción real de entretenimiento. Sobre todo cuando tengo pendiente The Room: Old Sins.

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