Close
Monkey island: Mira detrás de ti, ¡un mono de tres cabezas!
María Martín

Monkey island: Mira detrás de ti, ¡un mono de tres cabezas!

No fue, ni de lejos, el primer videojuego al que jugué, ese honor se lo reservo a la versión para Commodore 64 que salió de Cazafantasmas (aún soy capaz de escuchar la musiquita en 8 bits en mi cabeza con muy poco esfuerzo). Tampoco es al que más horas de mi vida he dedicado (dejé de comprobar el registro del World of Warcraft cuando superaba mis días de vacaciones desde que comencé a trabajar). Pero las peripecias de Guybrush Threepwood para convertirse en todo un pirata es, sin duda alguna, uno de los títulos que más revisito al año. Y de los pocos que siempre, siempre, me arranca una sonrisa mientras espero que se cargue.

The secret of Monkey Island llegó a mis manos gracias a la generosidad de un vecino. El mismo que me suministró en su momento Maniac Mansion y Loom. Y decenas de aventuras desarrolladas por Sierra (aún lloro su pérdida) que me convirtieron en la amante de las aventuras gráficas que soy hoy.

No tengo claro cuántas horas pude pasar con aquel juego, pero adivino que muchas. En aquellos años no existían las guías por Internet y lo máximo que podías hacer era preguntar a quien ya se lo hubiera pasado. Salvo que mi vecino no soltaba prenda y consideraba que todo formaba parte de la diversión y el aprendizaje. Supongo que aprendí a gestionar mi frustración con los videojuegos (no especialmente bien) y a buscarle ocho pies al gato (lo que me ha llevado a perder el tiempo en otros títulos buscando cosas que no existían – Hola, conejo de peluche de Silent Hill 4: The Room, te estoy mirando a ti-). Pero, de algún modo, acabé por pasármelo. Y devolví los discos sin hacer copia. No, no era la más brillante en aquella época.

El tiempo pasó y, entre que mi vecino dejó de suministrarme juegos, yo me enamoré sin remedio de los puzles de Sierra y su mezcla de jugabilidad y conocimientos, y que mi paga no daba para videojuegos (y no había una sola tienda en mi pueblo), pasaron los años sin que volviera a acercarme a la genialidad de Lucas Arts más que de refilón. Hasta que años después, ya en mi veintena, cuando el hermano pequeño de mi novio de entonces me enseñó su última adquisición: una versión pirata, en dos CDs, de The Curse of Monkey Island. Ese fin de semana resultó muy difícil despegarme de la silla. Cuando volví a casa lo primero que hice fue acercarme a unos grandes almacenes y hacerme con el juego. En el bolso llevaba la versión de finales de los 90 de un detallado walkthrough: un par de folios mecanografiados a dos caras, y fotocopiados mil veces, en los que de forma esquemática te daban los trucos de los momentos más difíciles. Si, como yo, a veces eras capaz de quedarte atascada en lo más tonto, estabas igual de perdida que diez años antes.

Lo jugué entero intentando no mirar aquellos folios, o hacerlo lo menos posible. Cuando acabé me di cuenta de que estaba de nuevo perdida en el universo caribeño de Threepwood. Y esta vez de forma irremediable.

Desde entonces, no he salido de allí. En su momento me descargué el emulador de SCUMM que me permitía rememorar las aventuras en ordenadores cada vez más avanzados pero que eran incapaces de cargar los títulos. Adquirí todas las versiones posibles en STEAM, en iTunes y en Xbox. Y sigo jugando. De hecho, intento hacerlo una vez al año, cuando ha pasado el tiempo suficiente entre partida y partida como para que no recuerde todos los detalles y pueda “pasarlo mal” o quedarme atascada.

La última partida la comencé cuando adquirí mi nueva Xbox One S. Y es que decidí estrenarla no con Call of Duty o Assassin’s Creed: Origins, a pesar de las ganas que le tenía a este último, sino con las ediciones especiales de los dos primeros títulos de la saga de Guybrush que me compré para la 360 (gracias a los dioses gamers por la retrocompatibilidad).

Creo que me destrocé la mano cambiando de la versión remasterizada a la visión clásica, solo para poder disfrutar del trabajo de diseño. Unas veces más que otras, eso también es cierto. Y a veces se me olvidaba hacer el cambio, perdida como estaba en la acción, como en los aún gloriosos duelos de insultos.

Una vez más, gracias a que han debido pasar más de doce meses desde mi última partida y a mi proverbial desmemoria selectiva, he disfrutado como una enana. He perdido el tiempo hablando con perros cuando no aportaba nada, he tenido que volver sobre mis pasos porque se me había olvidado robar un pez y he “muerto” esperando a que saltara un logro. El sistema de logros es, sin duda, un gran invento de la versión para Xbox al que, sin embargo, dejé de hacer caso a partir de ese momento. Lo que yo quería era disfrutar de la historia, pero no descarto en absoluto volver a jugar las dos aventuras de nuevo única y exclusivamente para desbloquearlos todos.

Terminada la primera parte, y reconvertida en maestra de duelos, me di el gustazo de comenzar una nueva partida de Monkey Island 2: LeChuck’s Revenge. De la que, voy a confesarlo no sin pesar, no recuerdo absolutamente nada cada vez que la juego. Quizá porque me la salté en mis “años de formación”, o quizá porque mi cerebro me hace ese favor una vez aterrizo en Mêlée Island, cada vez que lo juego es como si fuera la primera vez. Ahora mismo estoy tratando de ganar una invitación a una fiesta en la ruleta. Desde hace ya demasiado. Eso sí, al menos ya he recordado que tengo que contar dedos.

Supongo que una vez más saldré victoriosa de la aventura, salvo que alguien me despiste con un mono de tres cabezas…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies