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Recordando a: Pokémon Amarillo
Marina Díez

Recordando a: Pokémon Amarillo

Ilustración del encabezado realizada por Alicia Ramos.

¡Mira, mamá! ¡Ya he ahorrado las 9.000 pesetas! ¡Llévame esta tarde al Corte Inglés! Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Mi yo de cinco años luchando por romper el plástico de la caja que contenía lo que llevaba meses esperando: el cartucho de Pokémon Amarillo.

Nada más encender la consola, el juego me pedía que escribiese mi nombre. Cuando lo escribí y vi que éste aparecía en la pantalla, me parecía algo completamente extraordinario. ¡Mi nombre estaba en una pantalla! Pero, a continuación, llegó mi confusión infantil. A pesar de haber puesto “MARINA”, el juego seguía dirigiéndose a mí como si fuera un chico. Corrí a decirle a mi madre que el juego estaba roto, porque yo era una chica y me hablaban como si fuera un chico. Mi madre sabía perfectamente lo que pasaba e intentó aclarármelo como pudo. Al final me resigné y tuve que conformarme con ser Marina, “el entrenador Pokémon”.

Después del primer mal trago, comenzó la aventura de verdad y el profesor Oak me entregó a Pikachu. La razón principal por la que me había hecho con Pokémon Amarillo y no con Rojo o Azul era porque en ese momento me encantaba este Pokémon y necesitaba ese juego dedicado a él única y exclusivamente. Una vez con Pikachu en el equipo y siguiéndome allá donde fuese, era hora de dirigirse al primer gimnasio y conseguir por el camino a los demás compañeros de aventura.

02

Tras salir de Pueblo Paleta y caminar un rato por la hierba alta infestada de rattatas llegué a Ciudad Verde.

Ciudad Verde se llamaba ciudad porque se tenía que llamar así, pero en realidad eran, literalmente, tres casas y un gimnasio. Después de curiosear y entrar en las casas, era hora de entrar al que pensé que era mi primer enfrentamiento con un líder. Sin embargo, cuando te acercabas a la puerta sacando pecho para hacerte con la primera medalla, un cartelito aparecía para informarte de que el gimnasio estaba cerrado, y casi casi te sentías como si te hubieran dicho que la princesa estaba en otro castillo. Así que ahora tocaba encaminarse hacia la siguiente parada: Ciudad Plateada.

Antes de ir a Ciudad Plateada seguramente algunos hicisteis como yo y os metisteis por el caminito de la izquierda que sale de Ciudad Verde para descubrir que ahí es donde se encontraba la Calle Victoria, con destino la Liga Pokémon.

Éramos conscientes de que el viaje acababa de empezar pero ya soñábamos con entrar por la puerta con todas nuestras medallas en regla y de camino a convertirnos en el mejor entrenador Pokémon del mundo.

De nuevo en camino a Ciudad Plateada, había que subir un poco de nivel a nuestros Pokémon para el que ahora sí que iba a ser nuestro primer gimnasio. Pero esto lo descubríamos más tarde – o al menos yo lo descubrí tarde -, pues al ser mi primer juego de Pokémon no era consciente de lo imposible que iba a ser ganar al Geodude de Brok con un Pikachu, y creo que no tengo que explicaros el porqué. Después de la primera derrota y con algunos yenes menos en el bolsillo, entrené como si no hubiera un mañana y, cuando volví a ponerme frente a Brok, ya no era la mocosa de cinco años que pretendía ganar a un geodude con un pikachu en nivel cinco; me había convertido ya en toda una amazona experimentada y, efectivamente, gané mi primera medalla.

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Después de esa primera, vendrían una segunda, una tercera… mientras recordaba personajes muy queridos, como Misty, que había conocido en la serie que en aquellos años televisaban en Telecinco los fines de semana a primera hora. La obsesión que teníamos todos con Pokémon era palpable en cada rincón del colegio, ya no sólo por las filas de niños sentados jugando con la Game Boy en los recreos sino también por los corrillos que se formaban y que acogían las partidas de tazos; por no hablar también del intercambio de cromos – servidora tenía las dos puertas del armario forradas completamente – que llenaban los álbumes que nos cogían nuestros padres en el quiosco.

Pokémon, además de crecer con toda una generación, también fue en cierto modo el punto en de unión para la formación de nuestros primeros grupos de amigos. En una época en la que las consolas se veían todavía como algo friki en el mal sentido – y más siendo mujer; ninguna de mis compañeras de colegio en el año 2000 tenía Game Boy propia y me la solían pedir en el patio – los aficionados a los videojuegos ya no estábamos solos en esos recreos que antes parecían interminables. Tuve mucha suerte de poder disfrutar de los videojuegos desde tan pequeña, pero con lo que no tuve tanta suerte fue con probar las utilidades del mitológico y en aquellos años divinizado Cable Link – si a veces ya era difícil que nuestros padres nos pudiesen comprar un juego, ya ni hablamos de un accesorio tan fútil-. Imaginad, centros Pokémon repartidos por todo el mapa de Kanto donde había zonas específicas que requerían un artilugio llamado Cable Link, que casi nadie tenía, para poder intercambiar tus Pokémon y echar combates con tus amigos. En mi grupo del colegio sólo teníamos un Cable Link para todos y nunca olvidaré el día en que por fin me llegó el turno. Lo que sí que no conseguí probar nunca fue la posibilidad de conectar la consola a la Game Boy Printer. Creo que tampoco me perdí demasiado pero cada vez que veías la opción en la pantalla, querías descubrir qué narices era eso de la impresora – siempre queremos lo que no tenemos -.

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¡Y quién nos iba a decir a nosotros, frikis de los videojuegos, que años más tarde estaríamos hasta de moda! Siempre nos quedará que gracias a juegos como el que hemos recordado hoy en Terebi Magazine, muchos niños nos sentimos un poco menos solos y con una meta surrealista pero maravillosa en el horizonte: convertirnos en el mejor entrenador del mundo.

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