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Ada Lovelace, madre del software… y los videojuegos
Elena Escudero

Ada Lovelace, madre del software… y los videojuegos

¿Quién fue Ada Lovelace? Para eso estamos aquí, para que cada vez más gente la conozca y pueda responder a esa pregunta. Fue la primera mujer que hizo posible las horas de juego de la semana pasada, que estés escuchando música en tu ordenador y leyendo esto, puedes agradecérselo luego, cuando la conozcas mejor. Ada Augusta Byron King Lovelace (10 de diciembre de 1815-27 de noviembre de 1852) fue la madre de la programación, allá por la primera mitad el siglo XIX.
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Ada Lovelace es un gran ejemplo de lo que las mujeres pueden llegar a hacer si su entorno les otorga la libertad necesaria para desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales. No solo fue una destacada científica, si no que además sus indagaciones la llevaron a convertirse en precedente y madre de la informática moderna, esa de la que todas necesitamos hoy en día para desarrollar y jugar nuestros amados videojuegos.

Para comprender el entusiasmo de Lovelace por esta rama de conocimiento debemos remontarnos a su niñez. Hija de un matrimonio roto, Ada nunca llegó a conocer a su padre, Lord George Byron porque este se marchó del hogar cuando ella todavía era un bebé. Se crió con su madre, Lady Anna Isabella Noel-Byron (1792-1860), enamorada de las ciencias en general y las matemáticas en particular.

De Annabella dependió la educación de Ada. Así, trató de enfocar sus intereses a aquellos campos que ella amaba para evitar que desarrollara el complicado carácter de su padre, y también porque esperaba que su legado quedase plasmado en la pequeña. Con esa idea en mente, buscó para su hija una educación tan amplia y cercana a la universitaria como la que ella misma había recibido. Para Annabella, la cuestión del acceso a la educación era un asunto de suma importancia, especialmente cuando se trataba de mujeres. En ello tenían que ver las firmes ideas progresistas de su familia.

Anabella era apodada cariñosamente por Byron como “princesa del paralelogramo”, y tal que así, la pequeña Ada creció recibiendo esa profunda y estricta educación que Annabella había deseado para ella. Durante años Ada tuvo que lidiar con una salud de cristal que la obligaba a pasar largas temporadas encamada, con fuertes dolores de cabeza e incluso sin poder caminar durante años, y a pesar de todo llegó un momento en que la alumna superó a la maestra, y también a los profesores que esta contrataba para educarla. Fue entonces cuando se vio capacitada para empezar a contactar con otras grandes personalidades de la ciencia. Inició una amistad con la “reina de las ciencias” Mary Somerville (1780-1872). También conoció Charles Babbage (1791-1871) al frecuentar los círculos aristocráticos desde los 18 años.

Este famoso científico, titular de la cátedra matemática de Cambridge y diseñador teórico de la máquina analítica, es considerado el padre de la computación. En 1840, Babbage dio una conferencia en Turín sobre su invento a la que asistió el reconocido Luigi Federico Menabrea. El ingeniero italiano se halló maravillado por la máquina y escribió el “Esquema de la Máquina Analítica”, tratado en el que Ada Lovelace se basó para dar rienda suelta a sus capacidades investigativas con la excusa de una traducción a su idioma. Así, el texto final sobrepasó por mucho la extensión del original.

Lovelace llamó a esta publicación Notas. Dedicó gran parte de su estudio a describir con un lenguaje muy técnico cómo funcionaría la máquina analítica, pero también ofrecía una serie de observaciones que evidenciaban su mentalidad revolucionaria respecto a otros estudiosos de la época: lo más importante es que distinguía entre datos y procesamiento, una dualidad que era impensable en su tiempo.

Ada fue capaz de ver algo que su mentor no planteó: que la máquina analítica podría aplicarse a cualquier tratamiento de datos, no solo matemáticos. Mientras sus contemporáneos solo vieron en esta máquina una forma de cálculo, ella la entendió como el origen de la digitalización: “Nadie sabe el potencial que encierra este poderoso sistema. Algún día podrá llegar a ejecutar música, componer sinfonías y complejos diseños gráficos”.

Lovelace incluyó en las Notas un algoritmo que demostraba cómo podía utilizarse la máquina para computar una secuencia de números complejos, creando el primer software de la historia. Su método de tarjetas perforadas fue utilizado para programar los primeros ordenadores desde los años 50, hasta mediados de los 80 del siglo XX.

Ya en su época fue menospreciada por ser mujer y científica. La unión de estos dos conceptos no cabía en la mentalidad europea del siglo XIX, y eso la llevó a tener que firmar exclusivamente con sus iniciales. En la correspondencia hacia sus amigos y Mary Somerville, Ada Lovelace se lamentaba de su situación; de su necesidad de continuar estudiando matemáticas y cómo ser madre le dificultaba seguir con ello.

Numerosos tutores y profesores de Ada comentaron, no a ella sino a su madre y marido (los que se supone que tenían la autoridad sobre las mujeres casadas), el interés “antinatural” de Ada por las matemáticas y el riesgo de que acabara “pensando como un hombre”, dicho por Augustus de Morgan. Aún hoy, por desgracia, se intenta desmerecer su capacidad y logros como científica esgrimiendo rumores sobre infidelidades, alcoholismo y ludopatía.

Diagnosticada de cáncer de útero, Ada Lovelace murió con tan solo 36 años; la misma edad que su padre. Por suerte, la presión incesante del feminismo en las ciencias ha logrado que la científica reciba numerosos reconocimientos por todo el mundo: desde el lenguaje de programación ADA, perteneciente al Ejercito estadounidense; pasando por el Ada Lovelace’s Day, un evento internacional cuyo objetivo es “elevar el perfil de las mujeres en la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas”; hasta el adorable doodle que Google le dedicó el pasado 10 de diciembre de 2012 cuando Google le dedicó su doodle por el 197º aniversario de su nacimiento, y en el cual aparecía trabajando rodeada de sus hijos, los ordenadores.

Doodle de Ada Lovelace
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